A la caza de nuestros orígenes
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Una de las fascinantes aristas de la ciencia es que nos permite jugar a ser detectives. Los investigadores lo son, y en el más amplio sentido de la palabra. A las hipótesis que puedan esgrimirse a fin de hallar una explicación a determinado fenómeno, no solo se las debe solidificar a partir de una recolección de datos adecuada sino en particular, y aquí radica gran parte del placer, el intentar unirlos de la manera más coherente para lograr la reconstrucción de una idea, una historia.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSin duda alguna, el origen de la vida y el del agua que conforma nuestros océanos se encuentran entre los más grandes misterios de la humanidad. Observamos a nuestro alrededor y en un inconmensurable universo solo sabemos a ciencia cierta que formamos parte del único planeta con vida orgánica. Las matemáticas y la química nos indican con alarmas y enormes signos de exclamación que no debemos ser los únicos. Pero la realidad conocida hasta el momento es implacable, y la ciencia siempre se ajustará a la misma. Al día de hoy, no hay vestigio de vida alguno más allá de nuestra atmósfera.
Agua, carbono, oxígeno, nitrógeno; elementos vitales en el origen y evolución de la vida terrestre, como así también elementos básicos en la composición de los asteroides. Agreguemos el hecho de una inmensa cantidad de colisiones entre asteroides y los planetas primigenios en el mismísimo origen de nuestro Sistema Solar, y el rompecabezas conformado por nuestros dos grandes interrogantes mencionados comienza a tomar forma. ¿Serán los asteroides los responsables del agua terrestre, además de ser los proveedores de importantes ingredientes para conformar la sopa de la vida?
En esta hipótesis radica sustancialmente el interés que siempre hemos tenido por estudiar a estos singulares viajeros espaciales. Aunque parezca extraño, es mucho más complicado el estudio de estos objetos comparado al de los planetas. Y esto se debe en gran medida a la escasísima gravedad que ejercen estos cuerpos. Al momento de enviar, por ejemplo, una sonda espacial a Marte o a la Luna, la gravedad de éstos realiza gran parte del trabajo de arribo y descenso. En cambio, en el caso de un asteroide, al poseer mucho menos masa que un planeta, su gravedad hace prácticamente imposible una misión de las características que poseen las planetarias.
Sin embargo, y como ha ocurrido a lo largo de toda la historia, el avance tecnológico hace posible desplazar la frontera de lo desconocido e imposible, unos pasos más allá. Es por eso que hace tan solo dos años (2014) la ciencia espacial logró definir un nuevo verbo: “acometizar”. Por vez primera pudimos descender y “aterrizar” en un cometa. Y ahora, es el turno de arribar a un asteroide con uno de los objetivos más preciados y perseguidos: el poder obtener parte del material de uno de ellos.
El anfitrión en esta historia será el asteroide Bennu, un cuerpo de unos 500 metros de diámetro y cuya órbita alrededor del Sol es algo mayor que la de la Tierra, siendo la duración de su año de unos 436 días terrestres. El próximo jueves 8 de septiembre, la sonda espacial Osiris-Rex a cargo del Centro Espacial Goddard de la Nasa (EE.UU.) será lanzada al espacio desde el Centro Espacial Kennedy. Osiris-Rex arribará a Bennu en 2018 para dar inicio a una serie de estudios a distancia del mismo. En 2019, la sonda se aproximará hasta la superficie del asteroide y con un brazo robot hará contacto sobre la misma. En ese momento, un chorro de nitrógeno gaseoso será despedido contra el suelo intentando levantar la mayor cantidad de material posible. Una serie de pequeños contenedores con una especie de rejillas tendrán por función el recolectar y retener la mayor cantidad de ese material superficial. Este procedimiento, el de contacto con la superficie, lanzamiento de chorro de nitrógeno gaseoso y recolección de material, podrá ser realizado a lo largo de tres intentos, con una duración de 5 segundos cada uno de ellos. La cantidad de nitrógeno hace imposible un mayor número de experiencias. Las estimaciones del equipo a cargo del proyecto indican que pueden llegar a recolectarse entre un mínimo de 60 gramos y un máximo de 2 kilogramos de este tan preciado material.
Una vez que esos contenedores ubicados en el extremo del brazo hayan podido recolectar parte del material superficial, el dispositivo retráctil dirigirá este verdadero tesoro espacial hacia la propia nave y lo insertará en un módulo para su cuidadoso guardado. Y posterior envío a nuestro planeta. Este envío dará inicio en 2021, arribando a la Tierra finalmente en 2023.
Podríamos preguntarnos por qué motivo si la recolección de este invaluable material se producirá en 2019, recién dos años después comenzará su viaje de regreso. La cuestión se debe básicamente a que los lanzamientos de los navíos espaciales y sus correspondientes arribos dependen fuertemente de la posición de los cuerpos celestes de partida y destino (en este caso, Bennu y Tierra respectivamente). La mecánica celeste, aquella rama de la astronomía que se dedica al estudio y cálculo de los movimientos de los cuerpos celestes, nos indica que el momento propicio para dicho envío sea en el año mencionado.
En el código QR que se adjunta a estas líneas podrás observar una animación acerca de la manera en que Osiris-Rex intentará cumplir con su espectacular objetivo. Con cualquier aplicación que pueda leer este tipo de códigos (las hay muchas y gratuitas), acercá tu celular o tableta al código y disfrutá de este gran viaje.
Sin duda alguna, una vez más se trata de una misión que hará historia, siendo la primera vez que se intente esta experiencia. A medida que pasen los próximos años, la ansiedad por la recolección y recepción de material propio de Bennu irá en aumento. Todos esperamos y deseamos el mayor de los éxitos a los que forman parte de Osiris-Rex. Porque en definitiva, el logro de ellos nos permitirá acercarnos a las respuestas que siempre nos hemos hecho.
* Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata
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