La historia de un extraordinario descubrimiento argentino

El Eco

A riesgo de parecer grandilocuente, lo que leerán a continuación es la historia de uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la astronomía a nivel mundial. Y se hizo desde Argentina, por argentinos. Su protagonista principal es Víctor, a quien siempre lo cautivaron los planetas y las estrellas. El mismo cuenta como desde muy pequeño “tomaba prestadas” las lupas que su madre empleaba en las labores de cosmetóloga. Con paciencia, dedicación y un poco de plastilina, adosaba esas lupas a latas de tomates con el fin de armar más que rudimentarios telescopios. Era tal su pasión por escudriñar los secretos del cielo que desde entonces no cesó en contar con instrumentos cada vez más importantes. Así, con los años, la astronomía se convirtió en la pasión de su vida, convirtiéndose en un gran observador del cielo. Víctor es Víctor Buso, un rosarino que desde hace décadas se dedica a fotografiar diversos objetos celestes desde un pequeño observatorio que ha construido en su propia casa.

Este relato que hoy nos convoca dio inicio en la noche del 20 de septiembre de 2016, justamente allí, en la ciudad de Rosario. En aquella jornada nocturna, Víctor se prestaba a probar una cámara fotográfica que había adquirido hacía pocos días. Adosándola a su telescopio reflector de 40 cm de diámetro (el espejo principal del telescopio tiene ese diámetro), comenzó a tomar una serie de imágenes de una galaxia espiral (la NGC 613) ubicada a unos 70 millones de años luz de la Tierra. Es decir, la luz con la cual vemos a este objeto descubierto en diciembre de 1798 por William Herschel, partió del mismo hace 70 millones de años. Víctor fue tomando fotografías de 20 segundos de duración (exposición) cada una y luego de 40 tomas, “apiló” dichas imágenes mediante el empleo del propio software de la cámara obteniendo un primer y bello retrato de NGC 613. Al rato de esa primera serie, realizó una segunda tanda de imágenes. Y fue allí en ese preciso momento cuando en el segundo retrato, en una región alejada del centro galáctico sobre uno de los brazos espirales, surgió un punto negro, una especie de lunar que no se encontraba en la primer imagen obtenida tan sólo unos minutos antes. La incredulidad se apoderó de Víctor al pensar que se trataba ni más ni menos que el descubrimiento de una supernova, es decir, la explosión y muerte de una estrella.

Pero, ¿cómo se genera una supernova? Para ello debemos comprender el funcionamiento básico de una estrella. Estos objetos son algo así como ollas a presión, en donde la presión interna generada por la fusión nuclear intenta que la estrella se expanda, mientras que al mismo tiempo la “autogravedad” estelar producida por la propia masa del objeto intenta agruparse hacia el interior, hacia su centro gravitatorio. En definitiva, la estrella continuamente se encuentra bajo un equilibrio “hidrostático” en el cual dos fuerzas se encuentran compitiendo entre sí: la presión interna que trata de desintegrar a la estrella, y la externa en sentido inverso. En su interior, y con temperaturas del orden de los millones de grados centígrados (o Kelvin, otra escala que usualmente se emplea en astronomía) los átomos se fusionan generando nuevos elementos, convirtiendo los hornos estelares en increíbles y literales máquinas de alquimia. Esa conversión de unos elementos en otros es la generadora de la presión interna mencionada anteriormente. Con el tiempo (centenares o miles de millones de años), las estrellas van convirtiendo (fusionando) los elementos más simples como el hidrógeno y el helio en átomos más complejos. De acuerdo a cuánta masa posee la estrella es la manera en que evolucionará. Para estrellas con unas ocho o más veces la cantidad de masa de nuestro Sol, esta conversión llega a su punto culmine cuando se alcanza la obtención del hierro.

En esta etapa de la evolución estelar, no hay presión ni temperatura que logre fusionarlo. Por ende, la presión interna disminuye considerablemente respecto a la externa, la estrella se desequilibra y es allí cuando colapsa sobre sí misma. Es tal la magnitud del suceso que el objeto literalmente explota, emitiendo una cantidad colosal de materia y energía al espacio. A esta explosión se la denomina supernova. No se trata del nacimiento de una estrella sino, todo lo contrario, de su muerte. Al explotar, se generan tales presiones que ahora el hierro sí puede fusionarse en elementos más pesados, dando origen por ejemplo a elementos preciosos como la plata o el oro. Luego esos elementos permanecerán en nubes interestelares que mediante atracciones gravitatorias darán origen a nuevas generaciones de estrellas (y planetas). El hierro que contiene nuestro torrente sanguíneo se formó en algún momento en el interior de una estrella; en cambio, el oro que conocemos ha sido resultado de alguna supernova.

Supernovas

Si bien existen una cantidad prácticamente inconmensurable de estrellas, los tiempos implicados en la evolución estelar son enormemente extensos si los comparamos a escala humana. Esto hace que la observación de las supernovas no sea algo tan usual como uno podría suponer justamente en función de la cantidad de estrellas existentes. A su vez, las supernovas que se han observado, han permitido capturar y analizar la energía que emiten una vez que se produjo la explosión. Y exactamente en este punto es donde lo obtenido por Víctor cobra una importancia extraordinaria ya que se trata de la primera vez en la historia (al menos de acuerdo a los datos con los que se cuentan hasta el momento) en que se registran los primeros momentos en que la onda de choque producida por el colapso estelar emerge desde la superficie de la estrella. Haciendo una cruda y burda analogía con los fuegos artificiales, hasta el momento, lo que siempre se tenía era la “fotografía” del fuego artificial ya en explosión.
Lo que Víctor detectó no fue sólo esa etapa sino además “la cañita voladora en pleno vuelo”, es decir, los momentos previos a la mismísima la explosión. Algo realmente único.

Gracias al conocimiento de Víctor en particular sobre supernovas, es que tomó nota inmediatamente de que podía tratarse de un fenómeno de este tipo. No estaba 100% seguro ya que lo que observó fue la primer parte, la primera fase de la supernova, la cual no es muy conocida, y por ende su brillo es muy extraño. Intentó comunicarse de manera urgente con astrónomos que él conocía tanto de los observatorios de La Plata como de Córdoba. La casualidad hizo que no pudiese encontrar a ninguno de sus contactos porque en aquellos días se estaba desarrollando la reunión anual de la Asociación Argentina de Astronomía. Ante un descubrimiento de este calibre, una de las cosas que deben ejecutarse con la mayor urgencia posible es la de informar a las oficinas y servicios internacionales dedicados al registro de estos eventos.

Es así que llamó entonces a su colega Sebastián Otero con quien redactó un telegrama a fin de informar lo que había descubierto a la Asociación Americana de Observadores de Estrellas Variables (AAVSO, por sus siglas en inglés).
Mientras tanto, Víctor también informó a su amigo de toda la vida José Luis Sánchez, otro rosarino con quien comparte la pasión por la astronomía, solicitándole por favor que comenzase a observar y fotografiar la galaxia en cuestión.

Al día siguiente del suceso y una vez informado el mismo a partir de aquel ¡ya famoso! telegrama, un astrónomo israelí que trabaja para un instituto estadounidense, lo contactó de inmediato para ver la posibilidad de obtener sus imágenes a fin de desarrollar una investigación y publicarla. Pero Víctor quería ofrecer su invalorable tesoro a gente de Argentina. Un joven astrónomo argentino, Federico García, a quien Víctor conoce desde que aquel era muy pequeño, toma conocimiento de lo ocurrido. Es así que Federico le informa a sus colegas Melina Bersten y Gastón Folatelli, ambos jóvenes doctores en astronomía de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la Universidad Nacional de La Plata, expertos en supernovas, sobre la gran novedad. Y es allí cuando Melina y Gastón se contactan con Víctor. Éste les comenta que estuvo fotografiando el evento con frecuencia de segundos. Con inmenso asombro, los jóvenes toman noción que se trataba de información que los astrónomos de todo el mundo han estado buscando desde hace décadas.

Por ejemplo, institutos japoneses han implementado programas de millones de dólares durante años y no han podido registrar algo similar a lo capturado por Víctor desde su querida Rosario. Tal es la magnitud de lo observado que, en un principio, colegas extranjeros no daban crédito a lo que los argentinos les comentaban. Hasta que vieron los datos.

Tras un año de intenso trabajo en el cual no sólo la investigación per se implicó tiempo y esfuerzo sino también diversas gestiones e idas y vueltas con distintos árbitros académicos, la investigación fue publicada en Nature, revista británica considerada en la actualidad como la más importante del mundo en cuanto a publicaciones científicas se refiere. De hecho, Melina es la primera autora de una publicación astronómica argentina en Nature desde 1975. Los restantes autores son justamente Víctor Buso, Gastón Folatelli, Federico García, Omar Benvenuto y Mariana Orellana, todos ellos astrónomos argentinos. En los últimos días, y por la dimensión de este descubrimiento, se ha hecho demasiado hincapié principalmente en medios extranjeros sobre el azar que implicó este acontecimiento. Permítanme recalcar que de no contar con el conocimiento de Víctor, este resultado, uno de los más grandes de la astronomía observacional moderna, hubiese quedado guardado por siempre en la tarjeta de memoria de una cámara fotográfica. Una historia que vale la pena contar, no sólo para demostrar una vez más la calidad de nuestras universidades nacionales sino muy en particular la pasión y el amor por la ciencia y los cielos, de los cuales Víctor es uno de los más fieles ejemplos.

* Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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