Ladrillos cósmicos

Si nos alejamos de las luces de la ciudad y nos adentramos en un lugar el cual nos permita disfrutar de un cielo más oscuro, podremos entonces no solo observar un mayor número de estrellas sino en particular, una franja blanquecina cruzando la negrura del firmamento. Este bello efecto visual es resultado de un conglomerado de miles de millones de estrellas. Pero, ¿por qué motivo existe semejante cantidad de ellas en esa región, en esa franja, y no así en el resto de la bóveda celeste?

Para responder esta pregunta debemos realizar un ejercicio de imaginación. Supongamos ser un microbio y encontrarnos en el interior de un disco de arena. Sí, un disco como los de pasta (¡temo que ciertas generaciones no comprendan a lo que me refiero!), pero de cierto espesor y compuesto por el fino material que encontramos en nuestras playas. Ahora nosotros, desde su interior, comencemos a observar hacia todos lados. Podemos hacerlo hacia arriba y hacia abajo del disco (en el sentido de los polos norte y sur del disco), y también hacia nuestros costados, es decir, en lo que usualmente se denomina, “de canto” al disco. Cabe ahora preguntarnos en qué dirección observaremos más granos de arena, si cuando lo hacemos hacia los polos o cuando lo hagamos en dirección “de canto”. Un par de segundos para pensar en la situación descripta nos permite determinar sin duda alguna que será esta segunda opción la que nos posibilitará encontrar más arena.

Pues bien, extrapolemos esta simple idea al espacio, donde nosotros continuamos con el rol protagónico del minúsculo microbio, pero ahora las estrellas son las que suplantan a los granos de arena. Estos ya dejan de sumar unos miles para convertirse en miles de millones de estrellas, todas ellas “unidas” por la simple y mutua atracción gravitatoria. Este colosal conglomerado de astros conforman lo que denominamos galaxia, y nuestro planeta, el Sistema Solar, forman parte de una de ellas. De hecho, el Sol es una más entre las aproximadamente 200 mil millones de estrellas que la conforman. Sí, leíste bien: 200 mil millones (¡y quizás más!).

La morfología de nuestra galaxia es muy similar a la de un disco, y no es difícil imaginar que esa clara franja que nos llama la atención cada vez que elevamos nuestra mirada, se debe ni más ni menos que al hecho de observar en dirección de canto al disco galáctico. Desde la antigüedad, esta imagen cautivó a todos los pueblos del mundo, y fue su semejanza al de un camino de leche la que derivó en su nombre: Vía Láctea.

La descripción anterior es una de las maneras más elocuentes con la que contamos para tomar dimensión de las magnitudes astronómicas. Una banda blanca como resultado de la existencia de un número gigantesco de estrellas en donde cabe pensar que cada una de ellas es un sol como el nuestro. Impresionante, ¿verdad?

Galaxias hay de distintos tipos y tamaños. Las hay en forma de disco y espiraladas, como la nuestra, y también con formas de huevo (las denominadas “elípticas” y “lenticulares”). Muchas de ellas no tienen una forma bien definida, y de ahí que se las denomine “irregulares”. Las dos galaxias más cercanas a la Vía Láctea son las famosas Nubes de Magallanes (la grande y la pequeña). Se trata de los objetos más distantes de la Tierra observables a simple vista y podrás apreciarlas como dos nubes difusas en noches claras y con poca contaminación lumínica.

Así como los planetas y estrellas conforman sistemas solares y galaxias (entre otros “ingredientes”), éstas se agrupan en cúmulos y supercúmulos, describiendo la macro-arquitectura del universo. Las galaxias son algo así como los ladrillos a partir de los cuales éste se desarrolla. En los últimos años se obtuvieron resultados realmente sorprendentes en cuanto a la manera en que las galaxias se agrupan. Los más importantes mapas cosmológicos describen dichos agrupamientos a lo largo de “filamentos”, especies de “racimos galácticos”, lo que conlleva los más enigmáticos y seductores interrogantes no sólo en cuanto a la evolución y destino del universo sino también, el origen del mismo.

Es interesante apreciar que no fue hasta comienzos del siglo XX que tuvimos noción de la existencia de otras galaxias más allá de la nuestra. Esto también pone de manifiesto lo que hemos avanzado como especie en cuanto al significado de nuestra existencia y el lugar y época en la que vivimos. Hace solo menos de un siglo que tenemos conciencia de la Vía Láctea como una entre tantas. Y en tal sentido, fue Edwin Hubble (en honor a él es que el telescopio espacial lleva su nombre) quien desarrolló uno de las investigaciones más importantes en la historia de la astronomía. A partir de la observación de muchas galaxias, este astrofísico norteamericano diseñó una estrategia para clasificarlas de acuerdo a su morfología. Fue así que diseñó la Secuencia de Hubble en la cual las galaxias se agrupan en elípticas, lenticulares, espirales, espirales barradas, espirales intermedias e irregulares. Pero sin duda alguna, el trabajo más significativo de los que emprendió fue el de sentar las bases en las cuales se apoya la teoría del Big Bang. Estudiando numerosas estrellas en distintas galaxias, logró detectar que cuanto más lejos se encontraban entre sí dos de ellas, más rápido se alejaban una de otra. Se trató de la primer evidencia observacional de que el universo se estaba (está) expandiendo.

Hace unos años, más precisamente en 1995, a un astrónomo se le ocurrió observar con el Telescopio Espacial Hubble (el más importante telescopio óptico hasta el momento) una región del cielo aparentemente sin importancia. Su objetivo era apuntar hacia esa zona durante diez días. Hubo muchos reparos al respecto ya que el costo monetario en tiempo de observación es muy elevado, y a priori, no había nada interesante para escudriñar en dicha dirección. Apuntaron a una pequeña zona de unos 144 segundos de arco de diámetro, lo cual equivale a una pelota de tenis ubicada a unos 100 metros de distancia. A esa región apuntaron, y luego de 10 días, hallaron la que ha sido considerada una de las diez imágenes más importantes no solo de la historia de la astronomía sino de la ciencia en general. De una pequeña región absolutamente oscura y sin importancia del cielo, el “revelado” del Hubble permitió visualizar más de 3 mil galaxias. Y a partir de entonces, nuestra percepción cósmica cambió para siempre. u

(*) Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata.

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