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Leer con niños: aprender, explorar y ponerse en el lugar del otro

El Eco

En tiempos de cuarentena, los que vivimos con niños nos hemos visto en la situación de “entretener” sus mentes curiosas. Mi primer recurso, siempre, tiene que ver con las historias: ver una película juntos, escuchar audiocuentos que nos envían a diario desde la Sala Abierta de Lectura, leer una novela entre todos. Esta semana le propuse a mi hija Violeta, que tiene nueve años, leer la historia de Anna, y así empezó este viaje a PENSAR.

Le conté la historia de Judith Kerr, que cuando niña tuvo que escapar de Berlín y emigrar primero a Polonia, luego -y finalmente- a Inglaterra. Allí, ya escritora, escribió Cuando Hitler robó el conejo rosa (1971), una novela autobiográfica que narra las percepciones de una niña que no comprende por qué su vida ha cambiado tanto.
Anna entiende “partes” de la situación total. Sabe que ellos son perseguidos por ser judíos, aunque en realidad no son personas religiosas y no asisten a ninguna iglesia. Sabe que ahora son “refugiados”, aunque no termina de comprender la magnitud del término. Sobre todo, no comprende por qué el mundo es tan injusto, por qué tuvo que dejar de ver a sus amigos y sus juguetes, y a su querido conejo rosa, que en realidad representa la infancia que Anna deja atrás.

Recuerdo cuando leí este libro por primera vez. Me gustó enseguida que la protagonista tuviera mi edad, y algunas de las cosas que contaba me eran familiares (el mundo de los amigos, la relación con sus padres, las típicas experiencias de los niños) pero por otra parte, Anna vivía una situación que me era absolutamente ajena y que yo tampoco terminaba de entender del todo. Me angustiaba pensar en Anna, que no tenía amigos, que no tenía juguetes. De tenerlo todo, Anna pasó a no tener nada. Me vienen a la mente fragmentos de la historia que leí hace más de veinte años: el momento en que Anna contempla unos pasteles a través de la ventana de la panadería, y la madre le dice que no puede comprarle uno. Ese día que Anna aprendió a hablar en polaco sin pensar en traducirlo desde su alemán nativo. Los regalos que se hacían en navidad, con lo que tenían a mano. Yo era muy chica, y por primera vez escuchaba hablar de los Nazis, de Hitler y de la “Guerra Mundial” pero igualmente podía ponerme en el lugar de Anna y sufrir con ella por lo que le pasaba. Y así empezó a moverse algo en mí.

Apareció la curiosidad. Qué es la religión. Por qué la gente mata en nombre de un dios. Qué pasa con los que sufren las consecuencias de las acciones de los hombres. Con este libro busqué por primera vez en un diccionario la palabra “refugiado”. Con este libro empecé a cuestionarme cosas que al día de hoy no puedo contestar del todo, pero sigo tratando.

Mucho más tarde elegí estudiar Letras por amor a los libros y a saber siempre más, por entender que leyendo se aprende, se explora, se mira al mundo múltiples lados y se entiende que la mirada propia es una UNA sobre el montón.

Los libros nos hacen pensar y mirar las cosas desde diferentes puntos. Nos ayudan a abrir la puerta hacia la realidad del otro, que a veces es ajena, y si me aproximo, no puedo llegar. ¿Cómo habría podido yo enterarme sobre la guerra y sus consecuencias, de no haber leído sobre Anna y su conejo? Quizás, desde la teoría, algunos años después. Pero Anna, esta niña, lo hizo accesible para mí. Me hizo sentir como ella. Me humanizó lo que, tiempo más tarde, leería en el colegio y la universidad.

Por eso le propuse esta historia a mi hija, que al principio me dijo “es muy largo” pero después se enganchó. El libro está viejo, algo roto porque mis hermanos pequeños en su momento rayaron con colores algunas de sus hojas. Este libro sobrevive, o mejor dicho, VIVE.

Verla a mi hija leer el libro que amé es la prueba de que hay algo más. ¿Qué?

Es imposible de decir. Solo el que ha experimentado un buen libro sabe la respuesta.

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Para más reseñas, en Instagram @margaritadurand

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