Luna roja

Era el gran temor por parte de las autoridades estadounidenses a mediados de la década del ’50. Una amenaza tangible. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, y tras el pacto firmado en Potsdam, Alemania, a partir del cual los aliados se repartieron (literalmente) una Europa diezmada, las dos superpotencias por aquel entonces comenzaban una carrera desenfrenada en pos de mostrarse más poderosa una respecto de la otra. No nos equivoquemos.

La carrera hacia las estrellas entre Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no comenzó por motivos científicos sino por un ajedrez geopolítico que tuvo en vilo a la humanidad en su conjunto durante una buena cantidad de años.

Esa posible Luna roja que aterraba a los norteamericanos comenzó a tomar forma cuando hacia fines de 1957, el inconfundible “bip, bip…” del Sputnik 1 comenzó a surcar los cielos del planeta cada hora y media.

Todas las alarmas se encendieron. La incredulidad le fue ganando al espanto a medida que los logros soviéticos se reflejaban en lo títulos de la prensa mundial. El primer ser vivo en el espacio (Laika, Sputnik 2), el primer ser humano en viajar más allá de la atmósfera terrestre (Yuri Gagarin, Vostok 1), la primer mujer cosmonauta (Valentina Tereshkova, Vostok 6), la primer caminata espacial (Alekséi Leonóv, Vosjod 2); todos ellos, hitos coronados bajo la hoz y el martillo.

Para muchos, la historia se escribirá como que al final de cuentas, el relegado a segundo lugar por aquellos años sentenció la contienda con un golpe de nock-out. El descenso con éxito de seis misiones tripuladas en suelo lunar por parte de la NASA opacó en gran parte estos grandes logros soviéticos. Con sus doce astronautas dejando sus huellas lunares, Estados Unidos pudo finalmente hacer que el fantasma de la Luna roja se desvaneciera por completo.

Pero, “nunca digas nunca”. Por aquel entonces, ni el más atrevido sospechaba que en las décadas venideras la bitácora de la aventura espacial humana tendría grandes sorpresas, entre ellas, una nueva Luna roja. Habiendo conquistado tal hazaña, Estados Unidos se aprestaba a viajar más allá de nuestra fiel e incondicional compañera. El siempre tan enigmático Marte se convertía, así, en la siguiente y colosal apuesta. Nada de ello ocurrió. No sólo el programa espacial tripulado americano fue mermando con el tiempo sino que los soviéticos (hoy rusos) continuaron viajando con sus “caballitos de batalla”, las increíblemente eficientes Soyuz, a tal punto, que no cabía en la mente de nadie que a principios del propio siglo XXI los yanquis tuviesen que alquilarles un par de asientos a sus otrora enemigos estelares para continuar con sus andanzas cósmicas. Tan así fueron los cambios sufridos en ambos programas. De pensar en viajar al planeta rojo, a tener que aprender ruso para poder viajar ya no a unos 80 millones de kilómetros sino a tan sólo 400 por sobre la superficie terrestre.

Hoy en día, todos los astronautas/cosmonautas que viajan a la Estación Espacial Internacional (rusos, estadounidenses, europeos, japoneses y canadienses) lo hacen en las ya míticas Soyuz.

Lo positivo de la situación descripta puede circunscribirse al hecho que aquellos enemigos del pasado, hoy en día comparten sus vivencias celestes de manera mancomunada. ¿Por qué entonces lo de una nueva Luna roja? Un coloso, un gigante “dormido” acaba de despertarse. Al igual que en el caso de los primeros galardones soviéticos es Asia, el continente desde donde una nueva conquista lunar se avecina, y a pasos agigantados. Es la República Popular de China quien se ha convertido en la tercera y única nación en toda la historia en poder colocar por motus propio a un connacional en el espacio. Los astronautas y cosmonautas detentaban tal honor. A ellos se les han sumado los taikonautas del lejano oriente.

Fue en 2003 cuando los orientales pudieron colocar en órbita terrestre a su primer viajero. Y desde entonces, seis fueron las misiones tripuladas que cincunnavegaron nuestro planeta con un total de once privilegiados pasajeros. Pero además, y como si esto fuera poco en relación a la escasa cantidad de años en que lo lograron, en este mismo lapso de tiempo deben contarse la puesta en órbita de dos estaciones espaciales. Aun así, aquí no terminan las sorpresas ya que la órbita terrestre no es algo que contente en sobremanera a los chinos. Es a través de su agencia espacial (la CNSA), que los asiáticos están focalizándose en un ambicioso programa lunar. Haciendo honor a Change, la diosa de la Luna, el primer gran logro fue alcanzado en 2007, momento en que su misión Change-1 logró colocarse en órbita de nuestro satélite para mapearlo en gran manera a lo largo de los 16 meses que contempló la misión. Algo similar ocurrió en 2010 con la Change-2, cuyo objetivo fue justamente concentrarse en posibles y futuros lugares de descenso controlado.

Y así ocurrió. En diciembre de 2013, y en el primer intento por parte de la CNSA, la Change-3 tuvo el honor de ser la primer nave china en alunizar. Esta misión guardaba una exquisita y enorme “frutilla del postre”, la cual estaba representada por un rover, un pequeño vehículo que pudo desplazarse por el estéril suelo selenita y que logró, por ejemplo, hallar material volcánico distinto al recogido en las misiones Apollo.

La misión Change-5 es el siguiente mensajero en esta ininterrumpida cadena de éxitos. Su objetivo no será otro que el recoger material lunar y traerlo a Tierra. La nave pesa unos 8.200 kilogramos, y por ende es necesario utilizar el más grande de los cohetes que posee la CNSA: el Larga Marcha 5. Según lo previsto, el lanzamiento se realizará hacia fines del presente año, y de lograr tal cometido, serían las primeras rocas lunares obtenidas en cuatro décadas (las últimas fueron resultado de la misión Luna 24 por parte de la ex-URSS). Change-5 está compuesta de cuatro módulos: un orbitador lunar, un módulo de descenso, uno de ascenso, y el que finalmente traiga a Tierra el tesoro tan preciado. Una vez que el módulo de descenso cumpla con su objetivo de manera exitosa, las muestras serán colocadas en un compartimiento del módulo de ascenso, el cual despegará de la Luna para encontrarse con el orbitador. Juntos viajarán de regreso, se separarán antes de llegar a nuestro planeta y la parte conteniendo las rocas será la que descienda en algún lugar del lejano oriente.

El programa lunar chino contempla también otro hito a conquistar. Se trata de lo que será el primer descenso controlado en la “cara oculta” de la Luna. Ni Estados Unidos ni Rusia lo han logrado. China será la primer nación en intentarlo, y ese será el reto para la Change-4. Para llegar a buen puerto, necesitarán colocar un satélite más allá de la órbita lunar.

Por ello es que hasta tanto no lo realicen, la Change-4 deberá esperar su turno. Se estima que lo hagan en 2018. Demás está decir que China va por más que rocas lunares. Como es de imaginarse, el sueño que los desvela (y a gran parte de la humanidad) es ver a sus taikonautas emulando al siempre recordado Neil Armstrong. Para ello es que necesitan ir ganando experiencia con sus naves lunares semiautomáticas (la serie Change) y las estaciones espaciales Tiangong 1 y 2 (Tiangong en chino significa “palacio celestial”) de manera de lograr controlar hasta el más mínimo detalle en lo que respecta a mantener a sus hombres en el espacio. Enviar astronautas a la Luna requiere de grandes cohetes, los cuales consumen enormes cantidades de combustible. Cuanto más cerca del ecuador terrestre, menor la gravedad que sufren tales naves y por ende, menos combustible es el que se necesita. Así es que la CNSA está construyendo lo que es su cuarto puerto espacial, el más cercano al ecuador de los que posee, en la isla de Hainan.

Los resultados que China ha logrado hasta el momento, y en particular, los números que sus proyectos implican, hablan por sí solos. Hace ya medio siglo, un gran porcentaje de la humanidad imaginaba un siglo XXI con bases lunares coronadas por estrellas blancas bajo terciopelos azules, blancos y rojos. Al menos en lo que se observa de manera pública, esos colores mutarán en gran parte. Ya no se trata de una amenaza, sino de un hecho concreto en el marco de un nuevo mapa geopolítico mundial. La Luna roja, quién lo hubiese dicho, nuevamente va cobrando forma. Ya no desde la estepa siberiana sino de tierras milenarias. Seguramente muchos lo pondrán en duda. Puedo asegurarles que no es mi caso.

* Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata

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