Pasa por el diván Marcelino Irianni
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-El historiador Ricardo Pasolini admite sin ruborizarse que pasó de la izquierda en su juventud al “conservadurismo dinámico” de hoy. ¿Usted vendría a ser la contracara?
-No. En Ricardo todos notamos un cambio. El iba a la vanguardia en las discusiones y últimamente se ha manifestado agobiado con el Estado, con la sobrepoblación y la mala educación del Estado. No conozco la génesis de ese cambio –que es esperable, en cualquier persona, en cualquier momento- así que prefiero hablar de mí: lo mío es coherente. Lo de él es más llamativo porque lo conocimos en otra ubicación intelectual…
-Usted también sorprendió: de historiador políticamente moderado a fanático k.
-Fanático es una palabra que no sé si cuadra en mí. Yo siempre fui militante ambientalista. Y reconozco que creía que no todo el mundo debiera dedicarse a la política. Con el tiempo comencé a opinar más.
-¿Y la coherencia?
-Ahí va. A mí me encandiló mucho Raúl Alfonsín. No me afilié, pero me encantaba. En los 90 voté a Zamora y a la Alianza. Y cuando llegó Kirchner poco a poco me empecé a entusiasmar y luego vi que la inclusión era una realidad. ¡Yo creía que me iba a morir sin ver siquiera el intento! Digo que soy coherente porque hace años le decía a mi familia: ¿ustedes vieron que Cristina está intentando hacer todo lo que no le dejaron hacer a Alfonsín? Y decían ‘vos estás loco’. Lo decía cinco años antes que Moreau se pasara a las filas de Cristina.
-¿Cómo investigador histórico también es un rebelde?
-Siempre me gustó romper moldes. Discutí la inmigración en cadena o eso de la colaboración entre paisanos, que se decía que se ayudaban: ¡era mentira que llegaba un vasco y los otros vascos lo ayudaban! Tampoco es cierto que ‘venían con una mano atrás y otra adelante’.
-Siempre se dijo eso, que venían los más pobres de los pobres.
-¡No es verdad! Está demostrado, cuando se estudian cientos de casos en particular, que los más pobres no se podían ir, como no se fueron de Argentina nuestros amigos en 2001. El que no tiene nada no se puede ir.
-¿Y los que ‘hicieron la América’, como se dice de los inmigrantes que amasaron fortuna acá?
-Aquel que hizo dinero acá reprodujo, según algunos autores, las diferencias de clases y la explotación que había en Euskal Herría, por ejemplo, si hablamos de los vascos. No es raro: hablamos de capitalismo.
-Hablemos de Tandil. Usted sostiene que hay un nuevo estereotipo a partir de la gente que se instaló desde el 2000. En su mayoría son de clase media alta. Y preservacionistas, ‘verdes’. Como usted.
-Ja, ja, quisiera ver si hay una inundación si esos nos abren las puertas. El ambientalismo de esa gente se agota en decirle al hijo ‘nene, no gastés tanta agua lavándote los dientes’. Eso no es ambientalismo.
-¿Cuál es el ambientalismo en serio?
-El ambientalismo en serio es cambiar el mundo, no Tandil. Poco podemos hacer desde acá porque uno sale y ve un cielo límpido, las sierras y dice ‘¿dónde está el daño ambiental?, ¡me están mintiendo!’. Es muy difícil dar una charla para ambientalistas en Tandil. Es como dar una charla para alcohólicos: nunca va uno nuevo, siempre son los mismos.
-¿Se anima a analizar el nuevo Gobierno nacional?
-Me aterra la insensibilidad, la improvisación, la falta de capacidad de la gente que han puesto en los cargos. ¿Se fijó que nunca hablan de la gente? Hablan de estadísticas, cifras, pero no de la gente. Están desarmando todo lo que es cultura, derechos humanos y han logrado cerrar el círculo mediático para ellos.
-¿Y si le dijeran que un historiador bien sabe que es imposible una evaluación a 50 días de la asunción?
-Les respondo que esto es ¡un boca de urna cantado! La tendencia está (risas). Soy un historiador, pero puedo darme cuenta de que Macri gobierna para la clase alta y no tiene capacidad de trabajo ni sensibilidad.
-¿Tandil sigue siendo de derecha?
-Sí. No hay dudas. Con la política de los Kirchner se dio una inclusión que a mucha gente le duele, y ante eso ya no se trata de ser de derecha o de izquierda: la aceptás o no. Y si la aceptás tenés que hacerlo desde todas las perspectivas. No te puede molestar ir al Dique y que haya 500 mil motitos dando vueltas porque como hubo mucha construcción esa gente de la nada pudo comprarse la motito y se viene desde Villa Aguirre.
-Se lo ve muy preocupado, realmente.
-Muy preocupado. Me da temor. Esto no va terminar bien, no puede terminar bien. Las formas que están utilizando, como eso de encadenar las puertas de los organismos y, como en un cumpleaños de quince, ver en la lista quién entra a trabajar y quién no, eso es mojar la oreja. Están esperando la oportunidad de reprimir.
-¿Perdió amistades por culpa de la grieta?
-Sí. Por una grieta que es más imaginaria que real, porque esta discusión es parte de una democracia real, no esa de la que veníamos donde nadie discutía con nadie, esa idea de familia, de que todos nos ponemos de acuerdo. Eso no existe. He perdido amigos, mejor dicho: nos dejamos. Yo no soy de discutir ni de intentar cambiar a nadie, pero no voy más a los lugares donde me siento incómodo porque los comentarios son muy gorilas. Hay un límite para las agresiones contra los que apoyamos a un modelo, como por ejemplo eso que todos los kirchneristas tienen que agarrar la pala, ¿qué quieren?, ¿hacer la Zanja de Alsina de nuevo? Si la pala ya casi ni se usa. Ya no la usan ni en las obras en construcción. u
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Ficha personal
56 años, casado, dos hijos: una periodista y un futuro músico.
Estudió Historia en la Universidad Nacional del Centro
Desde 1988 se desempeña como investigador.
Trabaja en el Conicet y en el Instituto de Estudios Históricos
Docente de la Facultad de Humanas y de la Facultad de Sociales (Olavarría)
Escribió trece libros: siete de literatura y seis de historia.
Recibió dos premios por su obra literaria, uno de ellos en el exterior.
Fue premiado por un estudio histórico en el País Vasco.
Se encuentra finalizando “Peones de Ajedrez III”, la próxima obra a editar.
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La ficción siempre encuentra el camino
Descendiente de italianos por parte de padre y vascos por parte de madre (Zalakain), Marcelino Irianni logró reconocimiento por sus trabajos de investigaciones históricas enfocándose en los antepasados maternos, en una aventura que incluyó la radicación, por largos períodos, en el País Vasco.
Y como todo investigador, muchas veces se encontró con que la documentación -o la ausencia de ella- fija límites demasiado precisos, entonces probó con la ficción literaria para verle de nuevo la cara al éxito: entre varios textos editados, “Peones de Ajedrez” (I y II) alcanzaron un singular reconocimiento que hoy lo obliga a situarse en el medio de dos pasiones, la historia y la literatura.
-¿Cuál es el planteo histórico de “Peones de Ajedrez”?
-La idea era enfocar la cuestión de la frontera y trabajar el tema de los indios -que era lo que más me apasionaba- y allí no podían faltar los vascos, que fueron, junto a los irlandeses, los grupos que llegaron y marcharon hacia la frontera. Los vascos siempre fueron amantes de la soledad, de irse a tierras más adentro.
En su tierra se iban a la montaña con las ovejas y se quedaban dos meses solos, de manera que en la pampa fueron el grupo étnico al que la soledad le impactó menos.
Para ellos, estar en un caserío solos o en una chabola con ovejas durante tres meses en la colina era lo mismo que estar en la pampa. u
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