Pasa por el diván Ricardo Pasolini
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-Su caso es atípico porque se consagró por un abordaje (el del escritor Juan Antonio Salceda) que salió de la vieja investigación histórica y logró instalar un enfoque local. ¿Cómo hizo?
-Fue así: estaba terminado la carrera de historia y en un accidente futbolístico me perforé el bazo. En la Guardia del Hospital me atendió el cirujano Juan Salceda y para sacarme el temor me habló de su padre que había sido un escritor de Tandil. Me recuperé y a los dos meses me contacté con la familia.
-Le impactó mucho el personaje.
-¡Es muy interesante! Mire: almacenero, inmigrante español que deviene escritor renombrado de Tandil. Y representaba lo que vengo estudiando desde hace 20 años: la cultura antifascista en Argentina.
-Salceda era un comunista bastante “bacán”. O con amistades bacanas, ¿no es contradictorio?
-Es una de las características de Tandil: tiene una cultura de clases medias independiente de que la gente pertenezca a esa clase; es algo muy identitario de esta sociedad. Los que tomaron los terrenos ahora no fueron al mundo marginal de las tierras, ¡fueron adonde puede ser potencialmente un country!
-Siendo pobres.
-Siendo pobres.
-En medio de la polémica que hay le anticipo que no les va a gustar ni medio lo que está diciendo.
-Más allá que no les guste el argumento, creo que hay una moral, una idea de lo que queremos ser, muy propio de esta comunidad. Olavarría no tiene ese perfil, es proletaria, aunque haya quedado o no clase obrera. En Tandil queremos ser algo más de lo que somos.
-¿Al final somos todos conservadores?
-(Risas) En el libro que hicimos con Elías El Hage (“Tandil en la Argentina del Bicentenario”) postulamos que lo que caracterizaba a Tandil es el conservadurismo dinámico: los sectores más conservadores de la sociedad han sido los más dinámicos: ¿quién creó la Universidad? El sector católico más conservador y desde un personaje con tradición socialista como Zarini.
-¿Vamos a su historia?
-Vamos.
-El libro con Elías El Hage (“Tandil en la Argentina del Bicentenario”) no dejó bien las cosas entre ustedes. Se pelearon.
-Sí. El libro fue un gran resultado a pesar de nuestras tensiones. A Elías le reconozco un gran talento literario, crea mundos, tiene una gran pulsión, pero cree que la realidad se construye con el relato. Y yo estoy entrenado para primero investigar y luego escribir. Hay una respetuosa distancia, porque no dejo de reconocer su talento.
-¿Se saludan?
-No nos hemos cruzado, ja, ja.
-En su carrera como historiador, haber ejercido el periodismo tal vez sea una ventaja, ¿no?
-Sí, y me gustó mucho. Pero no entendía dónde estaba, en qué contexto estaba trabajando, era muy chico.
-¡Chico!
-No de edad, pero cuando trabajaba en El Eco tenía una adolescencia residual (risas).
-Mire las vueltas que da para evitar decir que se peleó con Rotonda.
-Ja, ja, fue un momento muy intenso del Diario. Fui despedido, pero hoy comprendo que si tuviera un tipo como yo, yo también lo hubiese rajado.
-Se quedó con las ganas.
-Me gusta, Tocqueville decía ‘los diarios ponen las ideas a disposición de un público que nunca se sabe cómo es’.
-De jovencito afiliado al Partido Intransigente. ¿Y ahora?
-Sí, milité en la Juventud Universitaria Intransigente en la apertura democrática. Ahora lamento profundamente no haber sido alfonsinista.
-¡Epa! Le pedí confesiones pero no tanto.
-(Carcajada) Es que sí, fuimos muy opositores pero salíamos de la dictadura y yo no tenía formación política, no veía que era el tipo más moderno de la política argentina, que tenía que regenerar las instituciones con el aparato represivo instalado y el movimiento obrero en contra. Alfonsín estaba por encima de la época.
-¿Ya no es de izquierda?
-No. Para nada. ¡Ya estoy en el conservadurismo dinámico! Ja, ja. ¿Qué es ser de izquierda? ¿Tener retórica democratista y después estar engrampado defendiendo cosas cercanas al acto de corrupción? De aquella época mantengo algo nodal: lo antiautoritario. No registro la idea de que alguien te diga desde el poder qué es lo que tenés que hacer, lo que está bien y está mal. En ese sentido fui derivando hacia un liberalismo de izquierda.
-Y muy anti relato.
-Todo relato sobre una dimensión de la realidad es ideológico. La diferencia entre la historia y relatos que toman o que tienen temática histórica es que la historia académica está obligada a confrontar con otros: cuando presentás una tesis hay un jurado que dice ‘no, con estas fuentes no se puede sacar conclusiones’, ‘esta teoría entró en desuso’, ‘este concepto tiene un límite’. Tenemos un relato que está sujeto a un control intelectual y otro relato donde es posible elegir los malos y los buenos. Eso servirá en el territorio de la discusión política, del partido, de la opinión pública, pero a la historia, nunca. u
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Ficha Personal
-49 Años, casado, tres hijos.
-Cursó estudios secundarios en la Escuela Normal, Comercio y Polivalente.
-Hizo el profesorado y licenciatura en historia en la Universidad Nacional del Centro.
-Maestría en la Universidad Nacional de Mar del Plata.
-Doctorado en historia en la Universidad del Centro.
-Tomó cursos de posgrado en universidades francesas: París VII y París I, entre otras.
-Fue becario del Conicet.
-Autor del libro La Utopía de Prometeo, Juan Antonio Salceda, del antifascismo al comunismo.
-Escribió junto a Elías El Hage el libro “Tandil en la Argentina del Bicentenario” (2010)
-Actualmente es investigador independiente del Conicet.
-Profesor adjunto en la Facultad de Ciencias Humanas.
-Dirige la revista Anuario IEHS (Instituto de Estudios Históricos Sociales)
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Preguntas, al pasado y al presente
-El escritor Enrique Symns, bastante marginal (Pasolini interrumpe).
-Sí, lo conozco, ¿el de la revista Cerdos y Peces? Lo he leído.
-Exacto. Dice lo siguiente: ‘Mi teoría es que las preguntas tienen inteligencia y las respuestas nunca, porque están hechas de memoria. Un tipo que ayer era peronista y hoy es peronista no es un hombre. Todos los días tenés que plantearte tu lugar en el mundo y las preguntas hacen eso’. ¿Qué opina?
-Bueno, en historia, la ciencia en general, se dice ‘lo importante no es la respuesta sino la pregunta que le hiciste al pasado’. En realidad lo que mueve la pregunta filosófica ‘¿por qué este tipo hizo tal cosa si esperábamos que hiciera otra?’. Eso, tratar de entender eso, esa oscuridad de lo humano, me parece genial.
Y ahí también creo que una cuestión central es salir de Tandil, para tener otra visión. El gran problema nuestro es el localismo.
-Con esa mirada crítica entonces, de 1823 para acá: ¿tiene algún héroe la historia tandilense?
-En el contexto, pienso en Juan Fugl: viene del otro lado del mundo y dirime con los paisanos con facón. Ese Tandil lo pienso como una película del farwest: el Estado es la persona que dice que va a cumplir la ley, con la arbitrariedad que implica eso. Y sin buscar afianzar mitos, pienso en Santamarina, viniendo en una carreta comercial, me imagino lo que tuvo que lidiar desde el Salado hasta Tandil, con la indiada, el gaucho alzado. Ese momento formativo de Tandil me parece interesante.
-Como cualquier otra ciudad, a lo largo de su historia Tandil siempre tuvo un grupo que manejó los hilos económicos, ¿se sabe cuáles son los parámetros históricos de los más poderosos actualmente?
-Creo que es gente mucho más desconocida de lo que eran en los ‘50, ‘60, que en esas épocas eran dirigentes, dirigentes de pertenencia social, más comprometidos en un entramado de asociaciones. Hoy no lo veo.
-Mire qué llamativo: de ese grupo ninguno aceptó ser entrevistado y el que aceptó no quiso que se publicara. Presidentes de la República aceptaron, pero ellos no; ¿tiene algún significado?
-Es una señal. Quizás no sean de acá y entonces no tengan un arraigo con lo local… Y no nos olvidemos: vivimos en un mundo cada vez más autorreferencial.
-Otra forma de relato o pensamiento polar.
-Sí. Un pensamiento polar donde hay buenos y malos, es muy funcional en un momento, porque explico todo lo que sucede, ¡y encima encontré los enemigos!, pero el mundo histórico no es el que yo quiero que sea. Por ejemplo, después de la Universidad trabajar en otro lugar te plantea que tenés que bancarte un jefe o hacer cosas que no quisieras hacer. Entonces la inserción en el mundo te lleva a dos cosas: o seguís odiando al mundo o entendés que las cosas son muchos más complejas. u
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