Satélites industria argentina

 

Pocos países en el mundo cuentan con una riquísima historia aeroespacial como la de Argentina. En la década del ‘60, exactamente al unísono con la llegada del hombre a la Luna, nuestra nación se convirtió en la cuarta en lograr lanzar al espacio un mono (Juan, su nombre) y retornarlo sano y salvo a la superficie terrestre. También se logró en estas tierras ser el sexto país en desarrollar un avión jet (el mítico Pulqui).

Idas y vueltas, vaivenes diversos, movimientos pendulares en la vida socio-política argentina, fueron en desmedro del continuar con una serie de programas científico-tecnológicos que hubiesen posibilitado contar hoy en día con un desarrollo social mucho más propicio que el actual.

Pero siempre existen las denominadas “joyas de la abuela”. Desde el punto de vista del autor, una de ellas está representada por la universidad nacional argentina. De los cinco premios nóbeles obtenidos por compatriotas, tres son en ciencia, los cuales fueron resultado de nuestras casas de altos estudios. Orgullo sin duda alguna no solo para el ambiente universitario, sino en especial para toda la sociedad en su conjunto. Es así que nuestra nación siempre contó con “materia prima” de la más alta calidad, con recursos humanos calificados, los cuales nos representan de manera intachable en cada uno de los rincones del planeta.

De aquellas experiencias con monos y ratones, globos estratosféricos y cohetes sonda entre otros, la investigación y desarrollo de satélites artificiales “made in Argentina” merece un capítulo aparte. Los dos más colosales construidos por el estado nacional, Arsat-1 y Arsat-2 son claros ejemplos de lo que somos capaces de lograr con esfuerzo y, en particular, decisión política.

Sobran los dedos de las manos para nombrar a los países capaces de construir satélites del tipo Arsat. Por supuesto, los satélites en sí mismos son solo el producto final de un proceso virtuoso a partir del cual se alcanzan logros y objetivos tan nobles e importantes como formación de recursos humanos, desarrollo de productos con altísimo valor agregado, y un virtuoso ecosistema a partir del cual nuevas pymes comienzan a crecer generando trabajo a sus alrededores.

Una prueba cabal de lo expresado lo hemos visto reflejado hace tan solo unos días cuando desde China despegaron dos nanosatélites argentinos. Aunque sus nombres, Fresco y Batata, representen en gran manera el sentimiento argentino, lo que conlleva estos objetos habla mucho más de lo realizado por estas pampas. Esta historia nace en 2010, momento en que dos jóvenes argentinos inician una loca y hermosa idea: desarrollar pequeños satélites con el fin de brindar servicios a distintos sectores productivos. Así crean Satelllogic, una firma incubada en la prestigiosa Invap, en Bariloche, la exitosa empresa de capitales mixtos (estatales y privados) con más de 40 años de trayectoria, constructora de reactores nucleares y de los mismísimos Arsat.

Satelllogic contó con financiamiento del Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación, mostrando una vez más cómo el apoyo de un estado en ciencia y tecnología redunda en el desarrollo de un país. No por casualidad las potencias mundiales orientan enormes presupuestos al sector científico.

Los nanosatélites son pequeños (no más de 50 kg) comparados con los grandes (los Arsat poseen 3000 kg). Son más baratos de desarrollar y persiguen el objetivo de trabajar junto a otros en forma de “constelación satelital” (un conjunto de pequeños satélites trabajando como uno único y grande).

Este lanzamiento desde China quizás dentro de unos años se realice desde la mismísima Bahía Blanca, lugar en donde se desarrolla la plataforma de lanzamiento del Tronador II, el cohete argentino capaz de lanzar satélites de hasta 250 kg. Argentina logrará así completar lo que se denomina toda una misión satelital.

Lo cual, a muchos, nos llena de orgullo y esperanza. Depende solo de nosotros como sociedad decidirnos a lograrlo.

Por Diego Bagú (@bagudiego)

Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata

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