Trappist-1, nuestros nuevos vecinos cósmicos

El preanuncio de la NASA daba cuenta de la existencia de otros mundos. Y si bien quedaba en claro que durante la conferencia no habría mención alguna al descubrimiento de vida más allá de la Tierra, aun así la ansiedad cobraba un gran vuelo. Y no fue para menos. Los protagonistas, una estrella (Trappist-1 su nombre) mucho más pequeña y fría que el Sol, junto a siete planetas girando a su alrededor, conformaban todo un sistema planetario ubicado a tan solo 39 años luz del nuestro, el Solar.

Los primeros resultados sobre estos vecinos fueron publicados en mayo de 2016. En aquel momento, el grupo de investigadores del Instituto de Astronomía y Geofísica de la Universidad de Lieja, en Bélgica, daba cuenta del descubrimiento de un nuevo sistema a partir de las observaciones obtenidas con el telescopio Trappist (acrónimo en inglés de Telescopio Pequeño para Planetas y Planetesimales en Tránsito) un instrumento robótico ubicado en el Observatorio de La Silla, en el desierto de Atacama, Chile. Meses más tarde, empleando otros dispositivos, entre ellos, el telescopio espacial Spitzer de la NASA, se descubrieron cuatro planetas más. De esta manera Trappist-1 se convertía en el sistema planetario más completo de los que se tenga cuenta al día de hoy.

No solo este gran resultado de la astronomía moderna fue el mostrado en la conferencia de prensa brindada por la NASA. Las novedades más inquietantes estaban aún por llegar. Lo impactante del anuncio se debe en gran parte a que los siete planetas en cuestión tienen un tamaño similar al terrestre. Y es más, todos ellos son rocosos, a diferencia de los gigantes gaseosos como Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno en donde en ninguno de estos últimos se podría “pisar”, “hacer pie”.

Pero como si todos estos motivos no alcanzasen para tomar real dimensión del anuncio en la famosa agencia espacial, aún restaba conocer algo realmente atrapante. En función de la distancia a la que se están de la estrella, tres de los planetas se encuentran en la denominada “zona de habitabilidad”. Como sabemos, el agua en estado líquido es clave para la vida tal cual la conocemos en la Tierra. Si un planeta con agua se encuentra “demasiado cerca” del cuerpo estelar al cual orbita, el agua se evaporaría. Si la situación fuese la contraria, es decir, si la distancia fuese demasiado extensa, el elemento vital estaría congelado. En todo sistema planetario existe una zona, una franja, en la cual el agua podría estar en estado líquido. Esa región es la que se denomina “zona de habitabilidad”. Pues bien, tres planetas del sistema Trappist-1 se encuentran en dicha región.

Vale remarcar que no se ha encontrado agua en ninguno de estos planetas. Lo que se sabe hasta el momento es que, en caso de haber agua en alguno de estos tres planetas, entonces la misma podría encontrarse en estado líquido, con todo lo que ello implica para una posible existencia de vida al menos en forma microorgánica.

Una cuestión más que interesante a tener en cuenta es que el descubrimiento de los planetas de Trappist-1 no se realizó de manera directa, es decir, no resultó de la observación de los cuerpos en sí mismos. La detección de ellos se obtiene de manera indirecta, o sea, a partir del efecto que producen sobre la estrella a la cual orbitan. Para lograr tal detección, existen diferentes métodos. En este caso, el empleado se denomina “de tránsito”. Cuando un planeta se encuentra girando alrededor de la estrella y su plano orbital coincide con nuestra dirección de la visual al sistema, en algún momento de su órbita el planeta pasará por delante del astro y, por pequeño que sea el efecto, lo eclipsará, o sea, lo tapará mínimamente. Si con un instrumento lo suficientemente sensible pudiésemos medir el brillo de la estrella, observaríamos que éste varía. El brillo sería de determinada magnitud constante pero, en algún momento, exactamente cuando el planeta pasa por delante, tal brillo disminuirá. Pero además, debido a la periodicidad del movimiento orbital del planeta, la disminución en el brillo justamente debería ser periódico. Luego de algunos años y muchas observaciones, pueden obtenerse conclusiones en cuanto a la existencia de planetas, sus tamaños y distancias a la estrella central.

Los años que se avecinan serán fundamentales en pos de buscar más información sobre estos sistemas planetarios. Una de las cuestiones que más entusiasman es saber si estos planetas del tipo rocoso poseen atmósferas y, en caso que la tuviesen, conocer los componentes químicos que las integran. En tal sentido, la NASA está muy cerca de lanzar el sucesor del Telescopio Espacial Hubble. Se trata del Telescopio Espacial James Webb, un instrumento que observará en el infrarrojo con un impresionante espejo de 6,5 metros de diámetro. En el infrarrojo es posible la detección de tales atmósferas. Si el Hubble revolucionó la historia de la astronomía con su espejo de 2,4 metros, el tamaño del James Webb habla por sí solo, prometiendo un futuro para la ciencia espacial realmente maravilloso.

Imaginemos poder detectar atmósferas planetarias en planetas rocosos en donde el oxígeno, el nitrógeno, el carbono, fósforo, hierro y metano compongan una mezcla vital junto al vapor de agua. Estamos a muy poco de ello. La NASA planea lanzar el James Webb en 2018. Tiempo más, tiempo menos, en algún momento este coloso tecnológico llegará al espacio. Y a partir de allí, se abrirán las más increíbles puertas para el conocimiento humano.

(*) Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata

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