Amistades
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Durante buena parte de mi vida –esa parte de la vida que está ubicada en algo difuso llamada juventud- renegué del verano. Esa postura tenía muy poco que ver con la temperatura; no era el calor lo que me molestaba. Ni las moscas, los mosquitos, las noches cortas, las lluvias impetuosas.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCasi podría decir que era una elección: me molestaba el verano porque me gustaba el otoño y hasta a veces el invierno. Insisto, no era una cuestión climática, era una elección ´filosófica´.
Hace ya algún tiempo me amigué con esta estación que hoy irrumpe en nuestros días. Y recordé que cuando era chico también me gustaba mucho el verano. Recordaba por caso, el olor a las tardecitas de verano. Cada quien ha de guardar su aroma preferido: los que pasaban las vacaciones en el campo, el olor a tierra y ausencia que se respira en la soledad del atardecer; las casas de los abuelos también estaban perfumadas con esencias de algo parecido a la alegría; hasta la ciudad, ruidosa y sin encanto, solía darnos la fragancia de las macetas de malvones recién regados.
