Aparatos
Me los imagino a los tipos recorriendo los pueblos de provincia a bordo de un Ford Falcon o de un Chevrolet 400 cargados de mercadería, durmiendo en hoteles de mala muerte, comiendo mal y mucho, durante una semana. Y así durante meses. Me imagino las charlas monótonas en la ruta, cuando comenzaba a caer la noche o a surgir las mañanas frías y con niebla en los entreveros del mapa. Generalmente andaban de a dos; uno tenía la facilidad de la palabra, el discurso estudiado, la respuesta justa ante cualquier pregunta fuera de libreto. El otro, era el dueño de la habilidad, el que entendía los rudimentos del aparato que fuese y al cabo de una tarde de estudio y práctica ya lo sabía manejar como un experto.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHablo de los vendedores ambulantes que poblaron mi infancia. Pero no cualquier vendedor, como el de helados o pochoclos o medias. No como los que recorrían las calles voceando el producto, ´hay palito, tacita, bombón heladoooo…´. Digo aquellos que de tanto en tanto llegaban a mi colegio a ofrecernos la última maravilla del entretenimiento, el juego o el útil escolar que no se conseguía en los negocios.
Viéndolo a la distancia, creo que los curas iban prendidos. No sé si con parte de la ganancia, pero al menos se quedaban con alguno de los productos que vendían. Si no, no entiendo no solo cómo los dejaban entrar al colegio, sino que nos juntaban de a dos o tres grados en el salón de música, en la última hora, para escuchar lo que estos ñatos tenían para vender. Estimo que con algo se quedaban los curas.
