Aprender
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Algunos de mis compañeros de la primaria tenían campo. Muchos de ellos pasaban ahí las vacaciones de verano. En marzo, cuando nos reencontrábamos, llegaban con la piel quemada y la marca de la boina vasca en la frente. Digo quemada porque no sé si por aquel entonces se decía “bronceada” y si así hubiera sido, se me hace que eran cosas distintas: el bronceado es del mar, el quemado de otro lado. También llegaban con sus cuentos de cazas de perdices y mulitas, del tambo, de las tareas rurales, de andar a caballo y bañarse en los tanques australianos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMe lamenté en más de una ocasión de que mis viejos o algún pariente no tuvieran campo (creo que por otros motivos, hoy me sigo lamentando), hasta que una vez me invitaron. En realidad, fue más de una vez, pero hay una que recuerdo claramente.
Todavía estábamos en período de clases y mi amigo me invitó a pasar el fin de semana; desde el viernes después del colegio hasta el domingo a la tardecita.
