Baile
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El ladrido de los perros me alerta que alguien está llegando a casa. A falta de timbre, buenos son canes.
Si la vista no me engaña, el que viene por la esquina es mi amigo El Gordo. Pero dudo mucho, una vez más, de mi vista: por su pelo enmarañado es él, por su contextura de oso pardo, también, por los brazos agitados y los gritos (que aún no alcanzo a entender), no cabe duda. Pero hay algo en el andar que lo desdibuja.
En alguna oportunidad describí que lo viene acompañando cierta renguera en la pierna izquierda. Algo casi imperceptible, pero que le da un balanceo que acentúa su condición osuna. Pero lo que estoy viendo ahora es un tipo grandote al que le cuesta desplazarse. Una Studebaker destartalada.
-Perdoname que no te avisé que venía, pero supuse que un tipo como vos debía estar en su casa-, me dijo mientras se sostenía del poste del alambrado, como disimulando un descanso.
-Después explícame eso de un tipo como yo que debe estar en su casa. Pero primero decime si te atropelló un auto o algo. Estás más rengo que nunca, Gordo…
-Ah, ¿vos decís? ¿Se me nota? Mirá que vengo disimulando. Pasa que me duelen un poco las piernas.
-Hacete ver. No podés pasarte los próximos veinte años caminando en falsa escuadra.
-No. Lo que pasa es que anoche tuve el cumpleaños de Ricardo. ¿Te acordás de Ricardo, el Turco?
-Sí, claro. ¿Y te atropelló un auto antes o después del cumpleaños?
-No: estuve bailando toda la noche. Y… la falta de costumbre, viste.
-No seas caradura, Gordo. Tu falta de costumbre para bailar ya lleva 60 años. Nunca bailaste. No te gustaba. Te pasaste sentado todas las fiestas de juventud. Y cuando te emborrachabas y querías salir a bailar, terminabas en el piso. O sea, no bailaste jamás. Y me vas a decir que anoche sí.
-Obvio.
-Te estabas haciendo el galán con una dama.
-No.
-Fuiste drogado.
-Tampoco.
-No entiendo entonces. Además, hasta donde yo sé, Ricardo es de nuestra edad. Es decir, cumplió 60. ¿Había DJ en la fiesta?
-No. Llevamos una Tonomac Siete Mares y sintonizamos Radio El Espectador. ¡Obvio que había DJ! Música, tragos, cotillón… ¡Todo! Cumplió 60, efectivamente. Y estaba lleno de muchachos y muchachas de esa edad; un poco más o un poco menos, pero por ahí… ¿Vos decís que en los cumple de 60 hay que jugar a la canasta o contarnos los resultados de los análisis y las operaciones de vesícula?
-No, pero…
-Pero nada. Una fiesta es una fiesta: a los 20 o a los 80. Y hay que aprovecharla. Te digo más: es más aprovechable a los 80 que a los 20. Porque ya estás sabiendo cómo es eso de ´quién te quita lo bailado…´. Entonces, si tenés oportunidad bailar, bailá. Acumulá. Porque si sos un tipo afortunado, venís acumulando guita, propiedades, acciones de empresas líderes y si estás en la lona, acumulás boletas de gas, deudas, problemas. Por eso, si pinta baile, metele: que el amanecer te encuentre bailando. De manera que la balanza se incline siempre para el lado de lo bailado. Como dice el genio de Gieco: “Hoy bailaré con todos los que quieran despojarse de este ropaje, que no hizo más que endurecernos como piedra…”.
-Sí, está bueno.
-Claro que sí. Pero te estoy viendo la cara y me imagino que estás pensando en los músicos tocando en la cubierta del Titanic. ¡Le errás, pajarito! No bailás porque es la última pieza: bailás porque tenés ganas. Porque nos estábamos convirtiendo en piedras. Porque venimos de dos años encerrados y hay más ganas de joder que de vivir, que al fin y al cabo deben ser la misma cosa. Joda en el sentido de divertirse. Porque si a estos trastornados que manejan el mundo se les da por tomar la decisión equivocada, te cortan la luz y chau, con la música a otra parte. Hay una cosa que dijo el Turco a la hora de soplar las velitas que me gustó. Dijo: “a lo largo de mi vida me ha tocado abrir muchas puertas para entrar. Algunas veces, había dos puertas juntas y tuve que elegir. Si tuviera que arrancar de nuevo, abriría esas mismas puertas. De manera de llegar a esta noche. Y estar aquí, bailando con ustedes…´.
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