Cartas
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-Hola, buenas tardes. ¿Hablo con el hombre que escribe en la última página de El Eco?
-Así es. ¿Quién habla?
-Mire, me pasaron su número porque ando requiriendo sus servicios profesionales.
-Ahá. Lo que pasa es que en estos momentos sólo trabajo para el diario. No hago periodismo de manera particular, freelance, digamos. Le puedo recomendar...
-No. Justamente, no es un tema periodístico lo mío. Estoy buscando una persona de buena redacción.
-Bueno, le agradezco, pero... ¿Cómo me dijo que era su nombre?
-Preferiría mantenerlo en reserva. No lo tome a mal, pero soy una persona mayor y si no fuera por la situación acuciante por la que atravieso jamás me animaría a pedir algo así.
-¿De qué situación estamos hablando?
-Estoy enamorado desde hace mucho tiempo. Al principio no estaba seguro, pero ahora no me quedan dudas. Ya le digo, soy una persona mayor, pero en cuestiones del corazón no pasé de la categoría principiante. Y he fallado.
-Ahora sí entiendo. Lo que no termino de comprender es mi papel en todo esto.
-Es que esta persona que me pasó su número me ha dicho que usted es dueño de una prosa más bien floreciente...
-Florida.
-Exacto. Y pensé en contratar sus servicios a los fines de que me redacte una carta, en realidad a mí no sino a la mujer de la que estoy enamorado.
-Mire, le agradezco los elogios, pero voy a declinar de su propuesta.
-Si es por la plata no se haga problema; usted ponga la cifra que crea adecuada.
-No, caballero. No es un tema de plata, aunque mal no me vendría. Se trata de que estas declaraciones de amor por encargo nunca llegan a buen puerto.
-Es que ese final lo sé de antemano, no se preocupe.
-Bueno, no se tire abajo, hombre.
-No es eso. Más que nada quiero expresar todo lo que siento y he sentido durante tantos años. Como sacarme un peso de encima, vio.
-Mire, por un lado, me temo que la va a agobiar, a asustar a esta muchacha. A nadie le cae bien que se aparezca alguien con semejante carga, aunque sea de amor. Por otro, siempre es mejor expresarlo personalmente, mirándose a los ojos.
-Es que ella ya no vive acá. Ese encuentro se me hace imposible.
-Búsquela en redes sociales. La tecnología acorta las distancias.
-Soy un hombre mayor, insisto. Apenas sé usar el mail. Prefiero la anticuada prestancia de la tinta y el papel. Y hacérselo llegar de alguna manera.
-Anímese usted mismo, entonces. Ensaye una y otra vez sobre el papel hasta que le salga lo que verdaderamente siente. Las personas entendemos mejor esas emociones sinceras, honestas.
-Ya lo intenté. Pero no paso del encabezamiento… se me hace un nudo en la garganta, me tiemblan las manos. Quedo inmóvil frente al papel.
-No soy quién para decirle esto, pero quizás debería consultar a un profesional, alguien que lo ayude a superar esa traba emocional.
-Ya lo hice, y me aconsejó esto de la carta. Ya le digo, es más por mí que por ella. Lo nuestro ya no va a poder ser.
-Epa, amigo. Téngase fe.
-Fe es lo que me sobra. Es más, quien me aconsejó lo de la carta fue un cura, un tipo sabio más allá de lo religioso.
-Ahá.
-¿Usted es creyente?
-La verdad que no.
-No cree en otra vida luego de esta.
-Se me hace muy difícil creer eso. Ojalá fuera así, pero mucho me temo que esto se termina y se termina nomás.
-Ah, ah. Haber empezado por ahí. Entonces no va a poder llevar a palabras lo que yo quiero expresar.
-Es lo que le decía…
-No me entiende. Yo estoy hablando de otra vida, de otra oportunidad.
-Ahora sí: no le entiendo nada.
-Ya le digo, esta muchacha ya no está. Y lo que yo quiero decirle, dejarle escrito, es que me dé una oportunidad en la próxima; prometerle que me voy a animar, que iré en su búsqueda como no me animé a ir a la salida de su trabajo durante tantos años, que la voy a mirar a los ojos y le voy a decir ´ahora sí. Aunque sea, vamos a intentarlo…´. Que me espere, que estoy seguro que nos vamos a reencontrar. ¿Entiende?
-Me parece que sí. En ese caso, déjeme intentarlo.
-Pero usted no cree que hay otra vida.
-Eso es lo de menos. ¿Lo tiene al Indio Solari?
-¿El de Los Redondos? Sí. ¿Qué pasa con él?
-Dice que si no hay amor, que no haya nada entonces. Quizás este enamoramiento suyo provoque el milagro. Agarre lápiz y papel.
-Ehhhh… bueno.
-¿Cómo me dijo que se llama la muchacha?
-No se lo dije.
-Bueno, ese espacio lo completa usted. Anote: “Mi muy querida –nombre-, aquí estoy frente a esta hoja en blanco….”
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