Continuidad de las ficciones
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Me ocurrió una de estas últimas noches de lluvia. Como cada vez que se desata una tormenta, La Negra, mi perra, empezó a darle manotazos a la puerta de entrada para que la deje entrar. Les tiene miedo a los truenos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailBajé, abrí y para cuando quise decirle que se quedara quieta y no empezara a saltar, ya había mojado y embarrado buena parte de la casa. Antes de cerrar la puerta eché una última mirada afuera, a la noche, al cielo que se venía abajo y me pareció ver a alguien parado justo en la esquina, en el punto exacto donde se cruzan las calles.
Supe en el momento que se trataba de El Fantasma, quién otro podría ser. Lo chisté como para saludarlo, porque si bien no tenía muchas ganas de hablar y menos bajo la lluvia y de noche, me pareció descortés no saludarlo. Ni siquiera se dio vuelta; siguió mirando hacia la esquina opuesta a mi casa. Sabía que me había escuchado, los fantasmas o este en particular tienen un oído especial. Lo chisté de nuevo y nada. Estuve a punto de desentenderme del asunto, pero casi como un capricho me dije que no iba a cerrar la puerta hasta que el Fantasma me devolviera el saludo. Le grité y recién entonces se dio vuelta: no era él. Sin embargo su rostro –o más que su rostro, su figura, su imagen de tipo abatido bajo la lluvia, pero a su vez como ido, como si su mente estuviera en otro lugar- me resultó familiar.
