De músculos y reflejos
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Estoy esperando un mail importante para mí. Sé que es una antigüedad esperar un mail –no por la espera, que es y será eterna- sino por la utilización propia de esta vía de comunicación. Ya nadie manda mails. Pues bien: yo sí. Y quizás la persona a la que se lo mandé, ya no. Porque me tendría que haber respondido con cierta premura, dado el contenido del mismo. Me lo tenía que haber respondido hace diez minutos o quizás menos. Mi paciencia o tolerancia funciona más o menos con la frecuencia del transporte público de Tandil: 10/12 minutos, que con un poco de complacencia pueden ser 20.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás antiguo es esperar al cartero, me digo. Y me contradigo: ahora, con el auge de las compras a distancia, el correo ha recuperado protagonismo. A lo que me refería era al cartero; al muchacho en bicicleta, con su portafolio de cuero gastado enganchado del manubrio, en el que llevaba rigurosamente ordenadas las cartas.
Creo recordar que en cada barrio, el cartero pasaba más o menos a la misma hora del día, salvo para el caso de los telegramas, que en su mayoría venían con augurios de malas nuevas: o un pariente de otra ciudad había espichado o uno se había quedado sin trabajo.
