De perros y malos
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De las anécdotas de su infancia que solía contar mi mamá algunas me resultaban atrapantes, otras graciosas y las más, zonzas. Las primeras eran protagonizadas por fantasmas y apariciones y se las escuchaba a mi vieja en reuniones "de grandes". Cuando estábamos los dos solos le pedía que me las relatara pero se negaba. "No son cosas que tenga que escuchar un chico", me decía y como para compensar salía con alguna anécdota graciosa. Al menos, desde su intención, ya que en la mayoría de las veces, a mí no me caían en gracia.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSalvo un par que, ante la negativa a contarme de almas en pena, se transformaron en segunda opción.
Años más tarde, recordándolas más que miedo, gracia o aburrimiento, todas me resultaron tiernas. Por esos extraños mecanismos de la mente, los recuerdos de la infancia de mi mamá pasaban por un tamiz donde sólo quedaba lo grato. Tal vez por eso eran siempre las mismas. Y, por cierto, no muchas.
