Del convenio con el frío
Por una cosa o por otra, he venido pospuesto un nuevo acuerdo con el frío. No puedo responsabilizar a nadie de esta postergación; no soy muy hábil con el manejo de los tiempos, las importancias, las urgencias y las dilaciones. Ya no lo seré, según parece.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailNo puedo decir lo mismo de él, que tiene la serenidad y la paciencia de quien se sabe eterno. Y cierta furia por momentos agazapada, para hacerlo notar.
El acuerdo que aún está en vigencia estipula que yo le haré buena prensa en tanto y en cuanto él no se ensañe con mi salud. Insisto, merece una revisión. Lo convenimos hace ya varios años, sospecho que en una de mis juventudes, cuando comencé a desenvolverme en esto del periodismo. Pecado de novato. Hoy, con más de tres décadas encima en el oficio no me comprometo a hacerle buena prensa a nadie. A nada. Salvo, claro está, que un suculento contrato me haga hacer la vista gorda a algo que aprendí en todos estos años: más temprano que tarde uno se termina arrepintiendo de haber escrito bondades de alguien. De algo. La objetividad es algo de eso: un curarse de espanto. La falta de objetividad tiene mucho de lo otro, lo de los suculentos contratos.
