Desconocidos
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No soy de escuchar música a volumen alto mientras voy manejando. Supongo que tiene que ver con mis años, como lo refleja ese chiste que dice que ´estoy entrando a una edad en la que que para poder estacionar tengo que bajar la música´.
Pero como lo que estoy escuchado es un partido de fútbol necesito entender. Una cosa es ir que en la radio suene una canción conocida, que uno la puede ir adivinando por más que el volumen esté bajo. Y otra cosa es un relato, en el que hay que entender el nombre del jugador que lleva la pelota. Y tratándose de un Mundial, hay que entenderlo perfectamente. Sobre todo tratándose del partido entre Brasil y Serbia. Los nombres brasileros son más o menos conocidos o “sospechados” (terminan en “iño”, llevan un “da” adelante, un junior detrás, etc). Pero para los apellidos europeos hay que prestar atención. Es decir, subir el volumen.
El semáforo me detiene en Marconi y Buzón, justo en el momento en que Richarlison mete el segundo gol. Un golazo. La voz del relator se escapa por la ventanilla abierta de mi lado y se mete por la ventanilla del acompañante de la camioneta que está detenida a la par de mi auto.
En la caja de la camioneta hay unas escaleras que asoman –las veo por el retrovisor-. El muchacho que está sentado en el asiento del acompañante lleva una gorra manchada con distintos colores. Es decir, son pintores. Quizás ya culminaron con la jornada laboral o están yendo al último trabajito del jueves.
El pibe, de unos veintipico, me mira como para cerciorarse de que soy un tipo al que se le puede preguntar algo. Evidentemente, me muestro bastante relajado, porque me saluda y arremete con la pregunta:
-Qué tal, jefe. ¿Gol de quién?
-De Brasil. 2 a 0.
-Peeero. ¿Quién lo hizo?
-Richarlison, un golazo.
Levanta la mirada, como maldiciendo y me pregunta si el partido “está liquidado”.
-Sí –le confirmó- y con baile.
El muchacho profundiza el gesto de contrariedad. Creo que a mí también se me dibuja esa mueca.
El semáforo se pone en verde y el pibe me saluda (´gracias, jefe…´) y sigue su marcha. Mientras doblo por Buzón veo perderse la camioneta que sigue por Espora.
Posiblemente no me lo cruce nunca más. Y si lo hago no lo voy a reconocer. Quizás me lo haya encontrado en alguna ocasión pasada y en esos segundos que duró nuestra conversación tampoco supe quién era.
Porque ese muchacho y yo no tenemos nada en común. Somos de distinta generación –le llevó casi cuarenta años-, frecuentamos ámbitos distintos, no somos vecinos, no trabajamos de lo mismo, no es hijo de ningún amigo o amiga, no sé nada de su vida ni él de la mía, ni siquiera nuestros nombres.
Y ahí estuvimos en una suerte de comunión que no necesitó de ninguna de esas cosas. Dos perfectos extraños charlando como si, al menos, compartieran cierta noción del país, del mundo, de la vida.
Hablamos de fútbol. Simplemente de eso. Y en ello estaban incluidos otros asuntos: que Brasil es nuestro adversario por más que estemos en grupos diferentes. Que tiene que pasar algo muy raro para que pierdan contra un seleccionado de segunda categoría como Serbia. Que si el gol lo hace un tipo como Richarlison es doblemente desalentador porque es un jugador que suele polemizar con los integrantes de la Selección Argentina.
Es más, si ese muchacho no hubiera tenido que ir a trabajar o llegar a su casa (sobre todo, porque él no conducía la camioneta) ni yo, llegar a la mía para ponerme a escribir, ni el semáforo le hubiera puesto un tiempo a nuestra conversación, podríamos haber compartido una mesa. En un bar, en su casa, en la mía, en la de un tercero. Para seguir hablando de fútbol. De cuáles son los candidatos a salir campeón, del baldazo de agua fría que significó perder con Arabia, de los temores a no hacer un buen partido ante México y volvernos en primera ronda, de lo fuerte que está España, de alegrón que nos dieron los japoneses.
Posiblemente nos hubiéramos quedado un buen rato charlando. Casi como amigos o parientes. Dando por sobreentendidas ciertas coincidencias. Posiblemente yo hubiera invitado la primera ronda de cerveza y él la segunda. Y posiblemente cuando uno de los dos tuviera que irse nos hubiésemos saludado con un puño o chocando las manos y deseándonos suerte para esta tarde.
Todo esto sin saber nuestros nombres, nuestras ocupaciones, nuestras historias. Y ni preocuparnos por ello, tan siquiera por curiosidad.
Cuando escucho que alguien despotrica contra el Mundial o contra el fútbol en general puedo tener coincidencias o no. Lo que sí sé es que un buen análisis sobre el asunto no puede dejar pasar por alto estas cosas.
No sé si existe otra circunstancia –que no sea una tragedia mayúscula- que nos emparente tanto entre desconocidos. Que nos predisponga al diálogo. Que nos borre esos temores o recelos en cuanto al otro, al desconocido.
No digo que esto signifique algo trascendente. Del estilo, ´a partir del fútbol tenemos que hermanarnos porque al fin y al cabo somos todos…´. No. O ´si nos apasionáramos con las cosas verdaderamente importantes como lo hacemos con el fútbol…´. Tampoco.
Simplemente eso. Un pequeño detalle que deben tener en cuenta aquellos que suelen tratarnos de subnormales porque nos enojamos o nos alegramos por una veintena de tipos corriendo detrás de una pelota.
El mundo irá hacia donde tenga que ir. Con o sin fútbol. Con o sin tipos y tipas a los que nos gusta.
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