Despertar con el Zorzal
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A los siete años no se puede ser un pesimista empedernido. A esa edad, yo apenas era un pibe que se quejaba de su suerte. Entendía, y con motivos que ya podía fundamentar, que lo peor que me podía haber pasado era escolarizarme. Hasta los cinco seis años podría decirse que era un chico libre, que transcurría sus mañanas, sus tardes y sus noches sin más ocupaciones que jugar, pelearse con su hermana y mirar los dibujitos de la tarde.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPrimer grado me llegó con sus horarios, obligaciones y deberes. Sentía –y lo planteaba a quien me quería escuchar- que se me había arrebatado un buen trozo de libertad.
Pensé que era lo peor. De haber sido un pesimista con todas las letras hubiera sabido que siempre se puede estar peor. Y así fue nomás, porque de segundo grado para tercero, a mi vieja se le ocurrió que tenía que dejar el turno tarde e ir al colegio a la mañana.
