Detenido
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En marzo de 1968 entré por primera vez al Instituto Unzué. Llevaba zapatos acordonados, guardapolvo blanco y un portafolio de cuero color suela. Iba de la mano de mi mamá y fue la primera vez que lloré por algo que no fuera un golpe, un reto, un capricho. Lloraba porque sabía (aunque todavía no lo sabía) que mi libertad, o el concepto que yo tenía de ella, ya no iba a ser la misma. Estaba en lo cierto. Yo quería seguir jugando como lo había hecho durante toda la mañana, en el baldío de al lado de la casa de mi abuela con el perro Alejo e interrumpir solo cuando escuchaba el grito de ir a comer, para luego retomar los juegos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAquella mañana la que me llamó fue mi mamá, que ese día había pedido permiso en el trabajo. Antes de comer tenía que bañarme y después, ir a la escuela. Porque empezaba primer grado, como todos los chicos de mi edad, como alguna vez lo había hecho mi hermana y mis primos y mis primas. Que a la salida, a las cinco de la tarde, podía volver al baldío, a jugar a lo que yo quisiera. Los horarios habían llegado a mi propia vida. Sabía de otros horarios: los de la salida del trabajo de mi mamá, entonces a esa hora la esperaba en la esquina de la casa de mi abuela a que bajara del colectivo y me sonriera. Sabía el horario de los dibujitos en la tele: Félix el Gato, a las cinco y media. Y la hora de ir a dormir: no mucho más allá de las diez de la noche, ya con el sueño susurrándome detrás de los párpados. Y ese día comencé con mis propios horarios. Y lloré. Ese día y los que le siguieron.
De aquel primer grado en el Unzué no recuerdo prácticamente nada que me hubiera hecho feliz. No recuerdo el nombre de mi maestra o de alguna monja. Ni siquiera el de un compañero. En el recreo largo nos daban una porción de bizcochuelo. Había que acercarse a una de las ventanas que daba a la cocina y una monja repartía las porciones. Los primeros días me negué hasta que mi hermana –que iba a cuarto- me dio su propia porción. Tenía gusto a vainilla, era esponjoso y fresco. Desde esa vez, en el recreo largo hice la fila junto a otros chicos y chicas para tener mi propia porción. Es el único recuerdo dulce que conservo.
