El aroma de lo indefinible
Hace unos días consigné en este mismo espacio la agradable sensación que experimenté al “desprenderme” de mi viejo sillón de escritorio que ya acumulaba unas cuantas averías. Una sensación nueva para mí, que soy (¿era?) de los que les cuesta soltar. Lo solté.
A lo que no me puedo resistir es a la tentación de entrar a los locales –por lo general galpones- dedicados a la venta cosas viejas. A los mercachifles, sin que esto constituya una calificación despectiva. Por el contrario, disfruto más en esos lugares que en un shopping. Y allí suele ejercer la actividad contraria a soltar.
Me encuentro, por caso, con objetos que formaron parte de mi infancia y consiguientemente me desencadenan algunos recuerdos, varios de los cuales han de ser inventados. A veces me sorprendo inventando historias en torno a una vieja lámpara a querosene –por ejemplo-, siendo que en mi casa nunca tuvimos una de esas. Todo sea por despuntar la nostalgia.
Pero así como una forma, una textura, un color me despiertan la memoria –real o imaginaria- hay un aroma que de tanto en tanto me asalta. Y suele ser en esos lugares. Nunca he podido determinar a qué pertenece. Lo que sí sé es que un olor a mis primeros días de escuela, allá en el Instituto Unzué de Mar del Plata..
Hace algunos días visité un galpón de cosas viejas Y ahí estaba, agazapado entre las polvorientsa estanterías Morwin ese aroma. Indescifrable, como siempre. Pero único e inequívoco.
A esta altura de mi vida sé que no es el olor a un objeto. Ni siquiera a una mezcla de olores emanados de ciertos artefactos de bronce, de hierro o del material que fuere. Es el aroma de una circunstancia. De algo que ya no es, pero se resiste al olvido.
Un olor que nunca me dije, pero está. No me persigue, como algunas pesadillas o sueños recurrentes. Quizás sea yo el que involuntariamente voy en su búsqueda. Hasta que lo encuentro y lo reconozco. Y sé que no es un invento. Porque de serlo, podría reinventarlo a voluntad. Darle un nombre, una fecha, un origen. No hay alquimia posible para ese aroma.
Sé que entre sus componentes hay algo de pizarrón, encierro y mar, de crucifijos colgados en las paredes, de escaleras de mármol frío, de hábitos de monja y rezos susurrados. Un aroma a angustia, a encierro, a lágrima contenida. Un olor a no querer. O mejor dicho: a no haber querido.
Cuando me lo encuentro lo confirmo tan mío como inasible, tan fresco como muerto ya. Tan olvidado como inmortal. Cuando estoy a un segundo de descifrarlo, se desvanece.
Tal vez sea el olor que me define a mí. Y ni siquiera puedo nombrarlo.
