El Everest
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De esto hace muchos años. Más de treinta. De manera que algunos detalles se me fueron quedando entre los biblioratos del olvido o se los adjudico a otros expedientes. Lo que sí recuerdo con la claridad de lo inapelable es de mi sensación: era la primera vez que veía con certeza casi científica que alguien se estaba enamorando de la persona equivocada. O, dicho desde cierto escepticismo que me da la edad, se estaba condenando a sufrir tormentosamente por un amor no correspondido. Es decir, como no debe ser (aunque hay una escuela de pensamiento que sostiene todo lo contrario: se sufre porque se ama. Escuela a la cual no adhiero).
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLuego de aquel episodio, volví a ser testigo de varios casos similares. Creo que en la mayoría tuve la prudencia –o la cobardía- de no inmiscuirme. Hoy –de no tratase de algún hijo o un afecto muy cercano- diría ´que se curta´. Horrible lo mío. Por aquel entonces, fundamentaba mi prescindencia de intervención con otros razonamientos. Uno de ellos, muy sabio: ´pero dejalo (o dejala) que se enamore, quién te dice… capaz que se le da´.
Aquella vez yo participaba de la filmación de una publicidad –o quizás era un programa de televisión tipo documental de poca monta-, que iba a mostrar algunos paisajes de Tandil. No sé cómo fui a dar allí; tuve épocas de estar en cosas sin saber por qué. Sí sé que lo hice –como en alguna otra oportunidad-, en calidad de ´meritorio´, que es algo así como el que ayuda a la producción en las tareas más ingratas y no agarra un mango. Desde comprar una botellita de agua mineral de determinada marca y que esté a determinada temperatura para el director o actor estrella, hasta conseguir una locomotora del año 36 que funcione y venga con el maquinista arriba.
