Encrucijadas
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Quizás sea esta la última columna que escriba en torno a las circunstancias que se sucedieron a lo largo del fin de semana en mi viaje a Mar del Sud. Lugar donde fui a “despejarme”, pero a la luz de los hechos no hice otra cosa que apuntar retazos de la realidad para llevarlos a textos. Porque bien me cabe aquello de “serás lo que debas ser o no serás nada…” o el más cruel “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailY lo que voy a contar no ocurrió en Mar del Sud, sino un poco más acá: en Miramar. Sábado de calor agobiante, aunque ya estaba bien entrada la tarde. La peatonal comenzaba a poblarse con los primeros en salir a dar la vuelta y los últimos que volvían de la playa.
Los rayos de sol del atardecer se colaban entre las mesas y sillas dispuestas a lo largo de las cuadras. Rayos que a pesar de tener sus minutos contados, pegaban con la fuerza de un fuego que no quiere extinguirse.
