La luz de un fósforo
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A esa edad yo ya me asumía como un tipo con tendencia al enamoramiento. Y sospechaba de mis serios problemas con la claustrofobia. Lo que no sabía era los efectos de la combinación entre ambos. De manera que pensé que el corazón se me iba a salir por la boca. O por la nariz o por algún lado. Pero no tenía miedo de morirme, sino de que mis latidos se escucharan de afuera. Porque los escuchaba como si tuviera auriculares y ella estaba a menos de un metro. A esa distancia, la música de los auriculares se escucha. Sobre todo en silencio. Entonces decidí decir algo.
Hacía unos minutos el ascensor del edificio de la casa de mi tío en Mar del Plata se había detenido entre el segundo y el tercer piso. Se había cortado la luz.
-¿Escuchás?, le pregunté para romper el silencio y se me decía que sí, que efectivamente estaba escuchando mis latidos, no me hubiera quedado otra que morirme o decirle que era la mujer de mi vida.

