Los charcos
A la vuelta de una de mis casas de infancia, por calle Montevideo, en una de las veredas cercanas a la esquina se formaba un charco de agua. En realidad, cada vez que llovía por aquel barrio eran varios los charcos que florecían, pero aquel tenía el atributo de la persistencia. En inviernos húmedos la tenacidad de su perseverancia lo hacía perdurar varios días tras una lluvia para llegar con vida a la siguiente.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSucede que al fondo de ese terreno que ni vereda de baldosas tenía, supo haber un taller de camiones. Había dejado de funcionar varios años atrás y solo quedaba un galpón a medio caer y las huellas formadas por el paso de los camiones que entraban y salían. De aquellas huellas nació ese pozo.
Más de una vez y en un descuido de corridas con los amigos del barrio, metí el pie en ese charco. La cosa no pasaba a mayores si andaba con las zapatillas de jugar a la pelota; el tema era si llevaba puestas las de salir. El reto de mi vieja era inevitable (“no cuidás nada… después andás hecho un pordiosero”).
