Los silenciosos
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Hace unos días me tocó presenciar una de esas escenas que en el momento lo dejan a uno atragantado de llanto. Y como soy de la generación que tenía vedado llorar en público, recién después de llegar a casa me lo permití en solitaria sobriedad. Luego de eso –ahora mismo- me dije que fue uno de los reconfortantes momentos que nos depara la cotidianidad.
Sabiendo que se me acerca la fecha y que todavía no cumplí con mi deber de Papá Noel abuelo y padre (y que voy a terminar sobre la hora, amontonándome en una juguetería), aproveché que pasaba por uno de esos kioscos que no de gusto llevan el prefijo de maxi y entré. Lógicamente, sin la menor idea de lo que buscaba.
-Miro y cualquier cosita te pregunto-, me apuré a decirle al hombre que estaba detrás del mostrador.
Entre los pasillos apretados del kiosco había una pareja joven que debatía sobre la conveniencia o no de llevar uno de esos aparatos para niños chiquitos que emiten sonidos y luces, que terminan siendo un castigo para los padres. Me vi tentado de decirles que desistiera, que solo yo, siendo abuelo, podía permitirme esas cosas, porque mis nietos no viven en casa.
Otra mujer de mediana edad –que imaginé tía- andaba más bien desorientada como yo y de tanto en tanto se pegaba una espantada con los precios. También, como yo.
En un momento entró un hombre grande, abuelo él, tan en blanco como el resto de los presentes, pero decidido. De manera que se acercó al mostrador y especificó:
-Ando buscando un juguete para un nena de 5 y otro de 8, que tienen todo, así que no sé…
El hombre que lo atendió le dijo ´venga conmigo´ y lo llevó derechito a una estantería con juegos de mesa. Generalmente, los chicos que tienen todo no tienen juegos de mesa, fue mi conclusión, quizás un poco atolondrada por mi propia indefinición.
-Deme este para el más chico y este otro, para el grande-, dijo el cliente, con una contundencia que envidié. Sin embargo, cuando todo parecía estar resuelto –mientras yo iba de camino a la estantería de los juegos de mesa-, el hombre arrancó con otra compra.
-Y voy a llevar también otros dos juguetes. Una nena chiquita, que tendrá 3, y el hermano un poco más grande: 5 o 6.
Mientras el vendedor le ofrecía algunos juguetes, el tipo pensaba, miraba las cajas de un lado y del otro, volvía a pensar, titubeaba. En ningún momento preguntó el precio, con lo cual, imaginé, las dudas pasaban por otro lado.
A esta altura, yo había abandonado la estantería de los juegos y empezaba a mirar con buenos ojos los aparatos que hacen ruido.
De lejos veía que los dos seguían conversando, hasta que por fin, el comprador se decidió. Le envolvieron los juguetes para regalo, pagó con débito y se fue.
Decidí hacer lo mismo, pero con las manos vacías. Me dio un poco de vergüenza, así que me acerqué al mostrador e intenté enmendar la culpa.
-Voy a llevar cigarrillos, porque no me decidí. Estoy como el hombre que se fue recién, con los últimos dos regalos.
-¿Sabe lo que pasa? –me dijo el dueño del kiosco- Le voy a contar.
Y me contó:
-Los dos últimos regalos no eran para los nietos. Ni para algún integrante de la familia: eran para dos chiquitos que viven en la cuadra y la familia está en la lona. Yo llevo años en esto y me doy cuenta enseguida. Cuando empiezan a dudar con las edades y los gustos de los chicos, es porque prácticamente no los conocen. Pero no dicen que están ayudando. Hasta que en un momento les pregunto y ahí sí, se sueltan y cuentan. No sabe la cantidad de casos como estos que hay. Son Papá Noel silenciosos, hasta le diría que les da vergüenza. No es cuestión de plata; viene gente humilde y gente que parece de plata que hacen esas cosas. Y le puedo asegurar que en la mayoría de los casos no hacen diferencia entre un regalo y otro. Le juro que me emocionan esas cosas. Por supuesto que en estos casos, uno también pone de lo suyo y la ganancia la deja para otra oportunidad. Porque todo tiene una vuelta mi amigo: si uno da, seguro que en la mala va a recibir. Y si no recibe, qué importa… Pensar en las caras de esos nenes al pie del arbolito es ya un beneficio. ¿Qué cigarros le doy?
-Negros, cualquiera…
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