Mentes
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Como llegué demasiado temprano al lugar donde tenía que ir decidí hacer tiempo en un café. Me lo dije en esas palabras (“voy a hacer tiempo”) y el asunto me quedó resonando. No tenía muchas ganas de pensar en eso ni en ninguna cosa en particular. De manera que dejé que la mente saliera a retozar libremente. De tanto en tanto le otorgo esas licencias, como si hubiéramos sellado un pacto: cuando la necesito para el trabajo o algún asunto particular, le exijo dedicación exclusiva; cuando tengo momentos en los que me libero de las obligaciones, le desato la correa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNinguno de los dos cumplimos ciento por ciento con el trato, pero funciona bastante bien. Ayer, mientras esperaba que se enfriara un poco el café para darle el primer sorbo, me dije que simplemente iba a observar el paisaje humano. Con esas cosas sé que mi mente se entretiene, que no me necesita para llegar a sus conclusiones. En realidad, no es ella quien necesita conclusiones sino yo.
Dos mesas más allá de la mía, había un hombre, de espaldas a mí, de manera que no pude determinar su edad ni otras características. Con esa falta de datos, le propuse un juego a mi mente. ¿Cuántos años tiene? Por corte de pelo, estilo de camisa y el reloj que en un momento pude ver en su muñeca izquierda: 45. Arriesgué. Para mi mente, era mucho más joven. Treinta y algo, creo que me dijo. Podía ser: hay muchachos que por razones laborales, estilos o algún tipo de mandato conservador, parecen más grandes de lo que son. En la formalidad radica la cuestión. Las canas, aunque incipientes pero pronunciadas en el nacimiento de las patillas, forman parte de ese formalismo autoimpuesto.
