Mis manos
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Por una serie de alineaciones ópticas, físicas y lumínicas que no podría explicar, un rayo del sol logró colarse entre la espesa cortina de pinos, la cortina de mi ventana y vino a iluminar mi mano derecha, que tiene una lapicera apoyada, detenida, sobre un papel en blanco.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa luz, como el cañón que persigue a un prófugo o a un actor, se posó sobre el dorso de mi mano quieta, indecisa. Sorprendida.
Estaba por escribir una anotación breve, un nombre y una referencia para tener en cuenta en alguno de mis próximos escritos. Pero me desconcentré ante mi mano iluminada. Como si no fuera mía. Habitualmente desconozco las partes de mi cuerpo, no soy de mirarme con detenimiento y cuando al fin me detengo frente a un espejo o agacho la cabeza y veo mis pies desnudos en ciertas noches antes de acostarme, me sorprendo. Como si cada una de esas partes fueran un rostro, una presencia familiar, conocida, pero desdibujada por el paso del tiempo. Si no estuvieran justo debajo de mí, en la continuidad de mis piernas, diría que esos pies no son míos. Había olvidado ese detalle de dedos estirados y pálidos. O quizás fueron cambiando. Sí, soy yo, me reconozco por alguna particularidad (una lastimadura que dejó su huella, una marca), envejecido. Como si mi mente recordase el último día en que le presté atención a mi cuerpo, quizás en mi primera juventud. Y de ahí en más, me desentendí del asunto.
