Misiones imposibles
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La escena de la película que imagino transcurre así: viene Tom Cruise huyendo a la carrera (la peli es de la saga de Misión Imposible), con esa manera que tiene de correr que consiste en dejar los brazos pegados al cuerpo y solo mover los antebrazos arriba y abajo frenéticamente. Lo persigue el malo, a unos 20 metros. Y mientras Tom Cruise avanza entre la gente tratando de no llevarse por delante a nadie, y hasta pide permiso, el de atrás empuja, choca, insulta, hace caer a niños y ancianos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa película que imagino instantes después se desentiende de Cruise, de su perseguidor, de la clave de la bomba nuclear que va a explotar y se detiene en una de esas personas que cayó. Es un hombre joven que ni siquiera entiende qué pasó, desconoce que quien lo empujó es un terrorista, que el mundo está a punto de volar en mil pedazos, que el que pasó primero era nada menos que Ethan Hunt; el tipo está dolorido y confundido. Es más, se quebró una pierna y tienen que llamar a una ambulancia para que lo traslade al hospital. A partir de allí comienza a vivir una serie de contratiempos: no tiene seguro social, la operación por la fractura le sale una fortuna, pierde el trabajo por faltar, la mujer lo termina dejando, se hunde en el abismo del alcohol y las drogas.
Bueno. Cuando estoy apurado me siento el malo de esa película. Un ser despreciable, peligroso para la humanidad, un psicópata que lo único que le interesa en la vida es que está apurado. Mejor dicho, cuando estoy en ese estado ni siquiera me doy cuenta, recién caigo cuando me vuelve la calma, es decir –y paradójicamente tratándose de apuros- cuando ya es tarde.
