Nada como un psicólogo para los asados
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Creo que la otra noche nos pasó lo que nos pasó porque no estaba el psicólogo. Somos seis o siete nomás los que de tanto en tanto nos juntamos a comer un asado y a reírnos un rato. Soy de la teoría de que los hombres cuando se reúnen es con un único objetivo: reírse. Un mandato entre infantil y adolescente, que se mantiene en las otras etapas de la vida. Como ya no nos da para salir a bailar o ir a jugar al fútbol –cuyo fin es ganar, pero también reírse- encaramos las conversaciones no ya para llegar a una conclusión sesuda o inteligente, sino para matizarla o rematarla con alguna salida que nos haga reír a todos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHay un psicólogo en el grupo. Y por supuesto, su profesión es motivo de chanzas y burlas de todo tipo; la de los otros también. Pero reírse de un tipo que se dedica a la salud mental de las personas es casi un sacrilegio que no estamos dispuestos a dejar de cometer.
Pero el otro día no estaba. Tenía un asado con otro grupo y pidió las disculpas del caso (que no fueron aceptadas, de manera de generarle algún tipo de culpa y que se autoanalice). La cuestión es que dos de los temas abordados durante la noche derivaron en una misma conclusión: somos una generación perdida. O lo que es peor –porque una generación perdida es aquella que por determinismo histórico o de otro tipo es poco a lo que puede aspirar de antemano-, acordamos que nuestra generación ya no tenía arreglo. Tuvo su chance y la perdió.
