Para grandes cosas
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No recuerdo si le mercadito de mi barrio cierra a las nueve o a las nueve y media. Por las dudas, siendo las nueve menos cinco, apuro la marcha en las dos cuadras que me faltan para llegar. Estaciono el auto, manoteo una de las bolsas que siempre llevo en el asiento de atrás, me bajo y se me caen las llaves de la mano. En un movimiento instintivo intento pararlas con el empeine del pie, como si se tratara de una pelota; bajarla, como solo lo hacen los habilidosos. No lo soy, de manera que no solo no la bajo ni la amortiguo, sino que siento que le pego con la punta del zapato y la mando a parar a un lugar desconocido. Siento el golpe de la llave cayendo sobre las piedritas del estacionamiento del mercado.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailTrato de concentrar toda mi atención en el recuerdo de ese ruido para saber dónde fue. No muy lejos, quizás en la parte de atrás del auto, quizás debajo. Me agacho hasta donde puedo, es decir, inclino el torso hacia abajo y llevo las manos a las rodillas para poder desplazarme dando pasos muy cortos. Parezco Michael Jackson en el videoclip de Thriller. Lo pienso pero no me causa gracia. Ni vergüenza; si hay alguien mirándome no me importa: que se ría o me venga a ayudar. Sé que para encontrar la llave primero debo encontrar un brillo. Ese pedacito de metal tiene que brillar un poco más que las piedras de granito gris. Incluso con esta luz anémica del alumbrado público tandilense, tiene que brillar. O si no, con la luna.
¿Qué luna tendremos hoy?, me pregunto, mientras abandono la coreo de Michael y me agacho un poco más. Ya soy un hombre en cuclillas, escondido detrás de mi auto. Y ahora pierdo todo tipo de concentración en el ruido, en el brillo, en la llave. Siento que si no me respondo esa pregunta que acabo de hacerme no voy a poder continuar con nada. Ni siquiera con la búsqueda. Ni hablar de mi lata de puré de tomate con la que pensaba hacerme un rico tuco. Tengo que mirar el cielo. O ya no podré nada.
