Satisfacción inmediata
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Hace algunos días, mi amigo El Gordo me confesó algo que yo ya sabía: si algo no le gusta de entrada, difícilmente haga un nuevo intento para que le guste.
Siempre fue así. Lo recuerdo claramente con la música. Si las canciones duraban más de tres o cuatro minutos, si no estaban en castellano, si no tenían un estribillo pegadizo y si no eran aptas para bailar (o al menos llevar el ritmo con la cabeza), no le gustaban.
Es así que cuando el grupo de amigos nos juntábamos a escuchar música –sobre todo a escuchar algún disco que compraba uno de nosotros- el Gordo se ponía cargoso con ir a jugar a la pelota, a las cartas, salir a la vereda o hasta pedía ponernos a hacer algún trabajo práctico para la escuela. Terminaba yéndose o alunado, leyendo una revista en un rincón.

