Sonrisas
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Nada de extraño hay en cruzar la plaza del centro en diagonal en una mañana casi de invierno. Salvo por el hecho que nos permite un ensimismamiento particular: con poco para ver (ni flores ni pájaros ni niños jugando ni parejas enhebrando promesas) sólo queda mirarse la punta de los zapatos y estar atento para esquivar la pirámide y la escultura de los peleadores empedernidos. Si hay algo para pensar, bienvenido sea; es un buen tramo para arribar a alguna conclusión sin pretensiones de infalibilidad.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailEvidentemente, ayer no tenía mucho para pensar. Nada, al menos, que fuese más importante que mirar rostros y gestos de quienes venían de frente, es decir, en dirección sur-norte.
Era esa hora de la mañana en que no es tan tortuoso salir a la calle (como lo tienen que hacer los chicos que van al colegio), pero el frío hacía sentir su rigor tandilero. Algo así como las nueve y media y con viento ligeramente polar en la cara.
