Volver
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En su “Canción de las simples cosas”, César Isella dice que ´uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…´. Es una gran frase, pero me atrevería a dudar del adverbio de tiempo: no sé si se vuelve siempre, al menos físicamente. Se lo hace sí –y a menudo- desde el recuerdo; lo que se llama añorar.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHay, en ese retorno ya sea físico o mental, un vaticinio: nada será como supo ser. La pregunta es por qué intentar volver, por qué tratar de ir a recuperar –aunque sea en una mínima proporción- las sensaciones de cuando fuimos felices. Porque se supone que si en ese lugar amamos la vida es porque la pasamos bien. En el mejor de los casos se encontrará con un lugar familiarmente extraño, de dimensiones distintas a las imaginadas, donde se han perdido para siempre los aromas, que es lo primero que se olvida. En el peor –y volviendo a Isela- a comprender ´cómo están de ausentes las cosas queridas…´.
No siempre y ni siquiera con asiduidad me ha tocado volver a lugares donde la arbitrariedad de los recuerdos me dice que he sido feliz. La mayoría de las veces ha sido un retorno no buscado, porque me resisto a esa tentación de tocar timbre en una casa ajena y contarle a un desconocido que allí, en su hogar, vivían mis abuelos y me gustaría recorrer por última vez el lugar. No creo que sea solo vergüenza o respeto a la intimidad ajena –y propia- lo que me lo impide.
