Y la nave va…
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Domingo a la mañana y tengo que salir bien temprano de casa. Por cuestiones de energía propia de él y mía, el auto no quiso arrancar la noche anterior. Tengo que ir a recuperarlo al centro, donde lo abandoné; llevo uno de esos cables con pinzas en las puntas. “Con esto hacés un puente”, me dijo el vecino que me lo prestó. Me puse los cables enroscados al cuello y salí a la calle.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNiebla, espesa como caldo frío de gallina. Vuelvo por un piloto. Antes de doblar la esquina me encuentro con el perro con la camiseta de Boca que suele andar por el barrio. No es la primera vez que lo veo, se nota que se aquerenció en el barrio. Tiene puesta la número 7 de Pavón; le queda un poco grande en la panza y la arrastra. Realmente tiene un muy mal aspecto el perro con la camiseta embarrada, pero me mueve la cola sin dejar de pasarle la lengua a un envase de tetrabrik con restos de salsa de tomate que sacó de una bolsa que acaba de despanzurrar.
Cuando doblo la esquina me abofetea una ráfaga de llovizna horizontal. Me invaden unas ganas profundas de volver a casa, acostarme y olvidarme del auto y de algunas otras cosas. Cuando llego a avenida Perón, el semáforo me da paso y cruzo, pero siento un bocinazo a mi izquierda. Escuchándolo bien, no es una bocina: es una sirena. De barco. Y efectivamente, deslizándose por el asfalto mojado viene bajando desde los monoblocks una embarcación. Es del estilo de esos barquitos para turistas de Mar del Plata. Un “Anamora” pero de origen soviético; un viejo barco de la época de la URSS. “Potemkin”, tiene escrito con tiza blanca un poco chorreada.
