Aumenta la efervescencia política chilena, pero no se altera la reducida participación
El volátil escenario electoral chileno y la escasa diferencia de votos entre los candidatos del balotaje el próximo domingo, obligaron a sus equipos a sondear estrategias para ampliar la participación registrada en la primera vuelta.
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El 52,7 por ciento de personas habilitadas para hacerlo (casi ocho millones de personas) no concurrieron a votar el 21 de noviembre pasado, un número cuya magnitud ofrece un nicho de enorme potencial para inclinar la balanza a favor de algún candidato.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSin embargo, los asesores chocan de frente con una gran dificultad: ese caudal de votos está formado por un conjunto de ciudadanos sobre cuyo comportamiento sólo existen dudas que ni encuestadores ni analistas lograron descifrar hasta ahora.
En el último año, una paradoja complica aún más la lectura del fenómeno y es que a pesar del notable aumento de la intensidad y la efervescencia política, los niveles de abstención son una variable que persiste inamovible.
La politización y la abstención son fenómenos que corren en paralelo, la segunda es un fenómeno gradual que se observa desde la vuelta a la democracia (1990) y tiene como protagonista a los jóvenes, en un contexto de “democracia de baja intensidad”, explica el analista Aldo Madariaga, investigador asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES).
“Todos los acuerdos que configuraron la transición democrática en Chile dieron mucha estabilidad y robustez al sistema, pero también ofrecieron muy pocas alternativas. Mientras crecía el consenso, también lo hacía la apatía de quienes no veían alternativas, y advertían que votaran por quién votaran, nada se modificaba sustancialmente”, añade.
Déficit democrático
La fuerte caída de la participación electoral en Chile, donde el voto es voluntario, es un tema cuya preocupación aumenta en la medida en que se plantea como un grave déficit democrático y el apoyo político a la obligatoriedad crece cada vez más en todo el arco político.
El sistema anterior al actual heredado de la dictadura -de inscripción voluntaria y voto obligatorio sólo para quienes hayan realizado dicho trámite en los registros electorales - produjo un progresivo envejecimiento del padrón electoral por la baja proporción de jóvenes que optaron por anotarse.
Buscando revertir la tendencia a la baja, el primer Gobierno de Michelle Bachelet (2006-2010) patrocinó cerca del final de su mandato un proyecto que invirtió los tantos: estableció un sistema de inscripción automática, pero simultáneamente el voto pasó a ser voluntario.
Poco más de diez años y varias elecciones después, la estrepitosa caída en la participación -menor al 50 por ciento para las presidenciales y 40 para municipales- dio cuenta de que el intento terminó en un rotundo fracaso, paradójicamente en medio de un amplio consenso ciudadano sobre el voto voluntario. (Télam)