Necrológicas
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LIDIA MARIANA GOGORZA
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Nació el 3 de abril de 1954 en Gonzales Chaves. Falleció a los 72 años, el 3 de mayo de 2026.
Hija de Mariana Adala y de Lirio “Yiyo” Gogorza. Sin embargo, fue Tandil el lugar donde desplegó la mayor parte de su vida, sus afectos, su trabajo, su vocación y su inagotable manera de estar presente.
Estudió en la Escuela Nº 2 y en la Escuela Nacional de Comercio. Más tarde se graduó en la Universidad Nacional del Centro como Médica Veterinaria y Doctora en Virología. Su camino profesional estuvo marcado por la seriedad, la inteligencia y el compromiso. Trabajó incansablemente como investigadora y docente en Tandil y en Choele Choel, donde incluso fundó una cátedra.
“Fue una mujer de acción. Y quizá ésa sea una de las palabras que mejor la describen. Lidia no se quedaba en las palabras: hacía, organizaba, creaba, ayudaba, inventaba, acompañaba. Su energía parecía multiplicarse en cada lugar donde hacía falta una mano, una idea, una sonrisa o una presencia capaz de levantar el ánimo de los demás. Amaba viajar, descubrir, mirar con ojos nuevos. Tal vez por eso sus fotos no eran sólo imágenes: eran una forma de decir que el mundo todavía podía sorprendernos.
Compartió su vida con Jorge Sobol, con quien construyó una historia de amor, de familia y de camino compartido durante 55 años. Juntos tuvieron dos hijos: David y Horacio, y apéndices de éstos sus 2 nietos: Tomás y Vera, parte esencial de ese universo afectivo que ella supo cuidar con entrega, carácter y ternura.
Durante muchos años fue miembro de Rotary, desde donde colaboró socialmente dentro y fuera de la institución. Pero su solidaridad no dependía de un cargo ni de una pertenencia formal. Lidia ayudaba porque ésa era su manera natural de estar en el mundo. Ayudaba con acciones concretas, con presencia, con alegría, con esa sonrisa incansable que muchas veces llegaba antes que cualquier palabra.
Le gustaba la libertad. Le gustaba cambiar de rutina, experimentar caminos nuevos, abrir puertas, moverse, descubrir. Tal vez por eso resulta tan difícil encerrarla en una sola descripción. Lidia fue muchas cosas a la vez, pero en todas había una misma raíz: una personalidad positiva, una energía creadora y una voluntad tenaz que la impulsaba siempre hacia adelante.
Su hermano César le abrió un portal hacia la tradición luterana, y también allí Lidia se comprometió con todo lo que pudo. Su fe no fue una idea quieta, sino una forma concreta de amar. Porque para Lidia amar a la gente era una inspiración. Y sus dones -tantos, tan distintos, tan generosos- fueron herramientas para hacer visible ese amor.
El domingo 3 de mayo Lidia emprendió un nuevo rumbo. Desde la fe, podemos decir que aceptó ese regalo bautismal de arribar al Reino de Dios. Y como era ella -decidida, libre, valiente- se embarcó en esa nueva travesía con la misma fuerza con la que había vivido.
Quedó un vacío indescriptible en muchos corazones. Porque cuando una persona como Lidia parte, no se va solamente alguien querido: cambia la luz de los lugares. Cambia la casa, cambia la mesa, cambia la memoria de las fiestas, de los viajes, de las conversaciones, de los gestos simples. Cuesta imaginar los espacios sin esa energía suya, sin esa manera de llegar y poner en movimiento lo que parecía detenido.
Pero junto con el dolor, también queda una certeza luminosa: una vida como la de Lidia no se apaga. Permanece en cada persona a la que ayudó, en cada sonrisa que provocó, en cada alumno, en cada amigo, en cada vecino, en cada gesto solidario, en cada foto, en cada jardín, en cada mesa compartida, en cada Navidad donde supo regalar alegría.
Tal vez para su espíritu libre y creativo, este mundo ya no ofrecía todos los horizontes que ella necesitaba. Tal vez su partida fue otro cambio de rumbo, una forma misteriosa de confirmar que su espíritu nunca se doblegó ante nada. Lidia vivió creando, amando, sirviendo, riendo, luchando y abriendo caminos.
Y seguramente, en el cielo, habrá una alegría inmensa al recibirla. Porque si aquí dejó una huella tan profunda, allá habrá llegado con esa sonrisa inconfundible, con ese amor que no necesitaba explicación y con esa luz que tantos vamos a seguir recordando.
Gracias, Lidia, por tu vida.
Gracias por tu fuerza.
Gracias por tu alegría.
Gracias por tu amor.
Tu presencia luminosa queda para siempre en nosotros”.
DORA EVA DÍAZ
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Nació en Tandil el 5 de junio de 1948. Falleció a los 77 años, el 11 de abril de 2026.
Creció en el barrio de la Estación, en la zona de 4 de Abril y Uriburu junto a sus hermanos Juan, “Peco”, Miguel y Eduardo, y su cuñada Cristina Migueles.
Fue hija de Rosa Castillo y Eduardo Díaz.
Cursó sus estudios primarios en la Escuela N° 1 Manuel Belgrano, donde comenzó a forjar los valores que la acompañarían durante toda su vida: el esfuerzo, la humildad y el amor por la familia.
Formó su primera familia junto a José Falcón, con quien tuvo nueve hijos: Juan, Carola, Natalia, Patricia, Marcela, Nacho, Gustavo, Miguel y Rubén.
“Dora dedicó gran parte de su vida a criarlos con amor, entrega y fortaleza, siendo una madre presente y luchadora.
Tras su separación, volvió a aportar al amor junto a Daniel Ávila, quien fue su compañero durante 20 años. En esa etapa de su vida, llegó Luciano Villafañe, con apenas tres meses de edad, recibiéndolo en adopción y criándolo con el mismo inmenso amor que siempre les brindó a sus otros hijos.
Luego del fallecimiento de Daniel, hace 19 años, Dora continuó su camino con la misma fuerza de siempre, acompañada por Natalia, su compañera de vida y por Juan, junto a su familia.
Su hogar siempre estuvo lleno de afecto, allí se vio rodeada de yernos, nueras, nietos y bisnietos, quienes fueron una de sus mayores alegrías.
Le gustaba disfrutar de la vida y uno de sus pasatiempos favoritos era ir al casino cada vez que tenía la oportunidad.
Dora fue una mujer fuerte, guerrera y luchadora. Una madre incondicional, siempre presente para sus hijos, brindando amor sin medida. Vivió rodeada de cariño y compañía hasta su último momento, dejando una huella imborrable en todos los que tuvieron la suerte de conocerla”.
MARÍA LEONOR EGEA
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Nació el 26 de agosto de 1947. Falleció a los 78 años, el jueves 30 de abril de 2026.
Las personas que la conocieron dejan estas palabras para recordar su valiosa vida.
“María Leonor Egea nació en Tandil el 26 de agosto de 1947. Siempre estuvo atenta a su familia y amigos. Su formación académica en la Universidad del Centro le permitió destacarse en los distintos equipos docentes como trabajadora social, tanto en escuelas primarias, como en jardines de infantes, centros educativos y en la Secretaría de Inspección.
Entre gestos de cariño y lágrimas de extrañeza, compañeras de trabajo, amigas de la infancia, de la juventud y de la vida, dejan un resumen de sus sentimientos.
Concuerdan en que fue una mujer ejemplar, solidaria y generosa, con un enorme espíritu de lucha para enfrentar los desafíos que le deparó la vida, superando dificultades que nunca fueron obstáculo para lograr sus propósitos.
Fue una excelente mediadora; su escucha atenta y orientación permitieron resolver situaciones emergentes del propio ámbito de trabajo. Su calidez y profesionalismo estuvieron atentos a los niños, las familias y el vínculo entre instituciones.
Leonor dejó su huella en las comunidades educativas en las que trabajó: Escuela Nº 34, Jardín de Infantes Nº 5 y CeC 802. Quienes la conocimos sabemos de su gran valía como persona y compañera.
En lo personal fue una amiga entrañable, reflexiva, siempre dispuesta a convocar a una charla de café, a compartir sus alegrías e inquietudes y a ayudar con su palabra afectuosa.
Ha sido una gran luchadora para sobrellevar su enfermedad y todos los escollos que la vida le fue exigiendo, llevando cada acción con profunda valentía.
Fue una enamorada de la vida que supo honrarla como mujer, madre, profesional y amiga. Su recuerdo nos acompañará siempre como un faro de luz.
‘Leonor, Dios te ha llevado a su lado. Descansa en paz’”.
ARTURO VIGLIANCHINO
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Nació el 20 de enero de 1950. Falleció a los 76 años, el 22 de abril de 2026.
Fue hijo de Manuela Santiago y Arturo Viglianchino, siendo el tercero de seis hermanos (Leonor (f), Marta, José, Rosa y Miguel).
Se casó con Nancy y fue papá de tres hijas: Susana, Marisol y Guadalupe. Son sus yernos Gustavo e Iván.
Supo amar y disfrutar a sus ocho nietos: Valentín, Sofía, Santiago, Manuela, Soledad, Sarah y Abigail.
Participó activamente de su querido club El Mosquito, también del Fútbol Agrario, donde no sólo cosechó muchas amistades, hizo de ellas una familia.
“Muy familiero, amiguero, solidario, buen tipo. Amante del fútbol y de Boca, trabajador como pocos y con el corazón más grande y noble que existió.
Gracias por tanto pa, dejaste un legado inmenso.
Tu familia, tus amigos, ésos que también eran la familia q elegiste, el barrio, hasta Sultán…te extrañamos. Sé que donde estés, estás en paz.
Te amamos y extrañamos mucho”.