La mora entra en la agenda
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En los últimos días, la toma de crédito y la morosidad irrumpieron con fuerza en redes sociales y medios de comunicación. Detrás de una discusión financiera aparece, sin embargo, algo bastante más amplio: la mora puede ser uno de los lugares donde la macro se encuentre —o choque— con el metro cuadrado.
La opinión pública reconoce la capacidad del Gobierno de estabilizar la macro, la pelea empieza ahora a jugarse en otro terreno: cuánto de ese orden se traduce efectivamente en bienestar. Y es ahí donde la deuda de los hogares adquiere una relevancia que excede largamente al sistema financiero.
La mora no es solo un problema que la política y las empresas deban resolver; es también una conversación que la gente puede estar dispuesta a escuchar. En un contexto de enorme dificultad para captar la atención social, eso no es menor. Abre una oportunidad de escucha, de conexión y de reputación alrededor de una experiencia con capacidad de interpelar y movilizar. Para la política, porque ofrece una puerta de entrada concreta a la vida cotidiana de las personas. Para las empresas, porque la manera en que acompañen, comuniquen y gestionen las dificultades de pago puede definir buena parte del vínculo futuro con sus clientes.
Desde la perspectiva de la opinión pública, el bolsillo sigue siendo el principal punto de contacto entre la experiencia cotidiana y la evaluación del contexto general. La baja de la inflación —aunque valorada—, por sí sola, no alcanza a recomponer la sensación de bienestar cuando los ingresos siguen siendo insuficientes, el consumo se restringe y una parte creciente de los hogares recurre al crédito para sostener gastos corrientes.
Los últimos meses muestran con claridad esa distancia entre la mejora de algunas variables macroeconómicas y la experiencia concreta de las personas. Y, como es lógico, donde el ajuste pega más fuerte, el malestar social también es mayor y el Gobierno encuentra más dificultades para sostener apoyos.
Los datos recientes de Casa Tres muestran la dimensión del fenómeno. El 58% de los argentinos afirma que en los últimos meses él o alguien de su hogar tomó un préstamo, crédito, financiamiento o utilizó la tarjeta de crédito para financiar gastos. La proporción es particularmente elevada entre quienes tienen entre 30 y 60 años, donde supera el 60%.
Pero el dato más relevante aparece cuando se pregunta por la posibilidad de pagar esas deudas. Apenas el 36% cree que podrá saldarlas. Un 37% directamente considera que no podrá hacerlo y otro 26% no sabe qué ocurrirá. Es decir: sólo uno de cada tres deudores tiene hoy la certeza de que podrá cumplir con sus compromisos.
Quizás el fenómeno más interesante no sea solamente cuántas personas entran en mora, sino la capacidad de esa experiencia de irradiar malestar más allá del deudor y de la deuda. Una cuota que no se puede pagar impacta en el consumo, genera frustración e incertidumbre y deteriora las expectativas. La mora funciona así como un multiplicador del malestar: lo que empieza como un problema financiero individual puede terminar incidiendo en la percepción sobre la economía, el futuro e incluso sobre la gestión de gobierno.
Pero hay una pregunta adicional: ¿qué ocurre cuando esa experiencia individual empieza a ser compartida por muchos? De cara a 2027, la incógnita es si quienes atraviesan una misma dificultad pueden empezar a reconocerse como un colectivo, articular demandas y, eventualmente, condicionar la agenda electoral.
No necesariamente como un grupo organizado, homogéneo o con una única demanda. Pero sí como personas atravesadas por una experiencia común, capaces de reconocerse en un mismo problema y de volverse especialmente receptivas a quienes sean capaces de nombrarlo.
Los colectivos políticos no siempre nacen de una identidad previa. A veces se construyen alrededor de una experiencia compartida que alguien logra interpretar, representar y convertir en agenda. La pregunta es si la dificultad para pagar las deudas puede empezar a cumplir esa función.
De cara a 2027, ahí aparece una oportunidad para la política. En un escenario de enorme competencia por la atención, la mora puede ser uno de esos temas frente a los cuales una parte de la sociedad esté genuinamente dispuesta a escuchar.
No para prometer soluciones mágicas ni para fomentar la cultura del no pago. Tampoco para convertir cualquier dificultad económica en una demanda al Estado. Sino para reconocer algo bastante más básico: un problema que ya está ocurriendo puertas adentro de muchos hogares.
Cómo se llega a fin de mes. Qué sucede cuando la tarjeta deja de ser un medio de pago y se convierte en una extensión del ingreso. Qué alternativas tiene una familia cuando empieza a acumular cuotas que ya no sabe si podrá pagar. Qué pasa con alguien que entra en mora y descubre que salir es mucho más difícil que entrar.
La agenda de la morosidad es una agenda de cercanía y empatía. Y quien logre hablar de ella sin demagogia, pero también sin indiferencia, puede encontrar un espacio de escucha.
Esa oportunidad no es exclusiva de la política. También se abre un territorio relevante para las empresas, especialmente para aquellas que forman parte directa de la experiencia del endeudamiento. Para bancos, fintechs, emisores de tarjetas, compañías de servicios y organizaciones que mantienen relaciones de crédito con sus clientes, la morosidad no debería ser vista únicamente como un problema de recupero. Es también un momento de verdad reputacional: la forma en que una empresa responde cuando su cliente tiene dificultades puede definir el vínculo mucho más que cuando todo funciona bien.
Cuando miles o millones de personas atraviesan simultáneamente una misma dificultad, las empresas que forman parte de esa experiencia dejan de ser actores neutrales. La manera en que administren la mora puede definir qué lugar ocupan en el relato que esas personas construyan sobre este momento económico.
Hay una primera dimensión defensiva: cómo cobrar sin destruir el vínculo. Qué tono utilizar, qué alternativas ofrecer, cuánta transparencia brindar sobre intereses y consecuencias, cuándo ofrecer refinanciaciones y cómo evitar que una dificultad económica termine transformándose en una experiencia de abuso o destrato asociada a una marca.
Pero existe una segunda dimensión, quizás más interesante: la posibilidad de construir reputación ayudando a resolver un problema social emergente.
Educación financiera, herramientas para ordenar deudas, alertas tempranas, refinanciaciones comprensibles, información clara sobre costos o canales específicos para clientes con dificultades pueden convertirse en algo más que servicios. Pueden ser posicionamiento.
En un contexto en el que muchas empresas compiten por hablar de sustentabilidad, innovación o propósito, puede abrirse un territorio bastante menos glamoroso pero mucho más conectado con la vida cotidiana: ayudar a las personas a atravesar una situación financiera difícil sin empeorarla.
La empresa que entienda antes que la mora no es sólo un indicador de riesgo sino también una experiencia económica, emocional y social puede construir una ventaja reputacional relevante.
La discusión sobre la morosidad, entonces, excede al sistema financiero. Habla del vínculo entre economía y vida cotidiana, entre empresas y clientes, entre política y sociedad.
Y quizás ahí esté lo más interesante de este fenómeno. Durante los últimos años la política argentina discutió, necesariamente, cómo ordenar la macro. La próxima discusión puede ser bastante más doméstica: qué pasa cuando ese orden llega a la puerta de casa.
Porque estabilizar una economía puede ordenar las expectativas de una sociedad, pero no garantiza por sí solo su bienestar. La macro puede mostrar que las cosas mejoran mientras una familia mira el resumen de la tarjeta y siente exactamente lo contrario.
Esa distancia importa. Puede acumular frustración, irradiar malestar y, eventualmente, construir nuevas demandas e identidades. También puede abrir espacios para quienes sepan escuchar antes que prometer y acompañar antes que comunicar.
La mora puede ser apenas un síntoma. O puede convertirse en uno de los lugares donde empiece a definirse la próxima conversación política y social de la Argentina.