Año 1 después de Hartstock
Independiente ya extraña a su jugador emblema, que hoy celebra sus 40.
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Por Fernando Izquierdo de esta Redacción
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Ávido de renovar sus desafíos, a mediados de 2007 Emmanuel Hartstock recaló en Tandil convocado por Carlos Zulberti para la aventura de regreso de Independiente a la Liga Nacional B.
Seguramente, sin imaginar ninguno de ambos que una década y media más tarde aquel veloz base de 25 años continuaría vistiendo la rojinegra, más allá de algunas efímeras salidas a otros clubes.
Naturalmente, a través de esos casi quince años, a este referente del básquetbol del club y la ciudad le tocó vivir de todo. Desde lesiones hasta dos descensos, y desde actuaciones antológicas hasta el máximo logro colectivo, conseguido hace cinco meses en Junín.
Pero, más allá de derrotas o victorias, títulos o estadísticas, lo que se impone es la impronta de un tipo que supo ganarse el cariño y la admiración generalizados, no sólo de rojinegros sino de una ciudad entera. Privilegio obtenido con las herramientas más genuinas: humildad, talento, vigencia, don de liderazgo y perseverancia.
Sin dudas, el domingo en Chivilcoy el básquetbol de Independiente vivió un momento bisagra en su rica historia. No tanto por ser el cierre de su campaña de regreso al ámbito nacional, sino porque dejó caer una lágrima al despedir a una de sus “vacas sagradas”.
Es que con Hartstock no sólo se van los triples a la carrera, no sólo se va el base al que todos buscaban para darle la pelota cuando más pesa, o la ejecución quirúrgica del pick and roll, o ese doble paso que con los años se fue ralentizando pero no por ello perdiendo eficacia. Con Hartstock se va un pedazo grande del alma de los rojinegros. Se va y al mismo tiempo se queda, ocupando un lugar de privilegio en el museo de avenida Avellaneda, junto a los Cano, los Zulberti, los Fornetti, los Fortete, los Fortes, los Zuliani y, ni que hablar de Andrizzi, su “socio” de siempre.