La más sensible baja
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Por Fernando Izquierdo, de esta Redacción
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No era indispensable haber seguido de forma minuciosa la campaña de Santamarina para concluir que la continuidad de Duilio Botella y su cuerpo técnico era lo primero a lo que debía aferrarse la dirigencia aurinegra con vistas a 2025.
En la antesala de la Nochebuena, al hincha la noticia le cayó como el trago más amargo. Y le dolió posiblemente más que la eliminación en Salta o la daga que representó el gol de Obrador sobre la hora que significó el punto final para la ilusión del ascenso.
La llegada del cuerpo técnico, a comienzos de mayo, permitió mitigar un preocupante inicio de certamen plagado de frustraciones y con la permanencia como primer objetivo emergente.
Lo abrupto del cambio llenó de ilusión a un pueblo aurinegro más habituado -en los tiempos más cercanos- a los latigazos que a las mieles del éxito.
Conforme el paso de las fechas, de aquel equipo de comienzos de año, apático y con acentuadas dificultades no sólo para anotar goles sino también para merecerlos, sólo quedó el recuerdo.
El 4-1 del sábado 11 de mayo sobre Círculo Deportivo fue un claro síntoma de que se avecinaba un cambio drástico. Se trató de un resultado y una producción “de otra campaña”, totalmente transversal a lo exhibido por el aurinegro en las siete fechas previas. Y un primer indicio de lo que el por entonces flamante cuerpo técnico terminaría imprimiendo como sello en cada partido en Tandil (donde no sólo nunca perdió sino que ganó casi siempre): presión, dinámica, protagonismo permanente y voracidad para seguir buscando aun en ventaja. Independientemente de los resultados, este aurinegro también “plantó bandera” y fue competitivo haciéndose respetar en cada cancha del país que le tocó pisar.
Haber configurado semejante estructura, en tan poco tiempo y con un plantel austero, acotado y construido por manos ajenas, sin dudas invitaba a la ilusión de cara a 2025, en el que las cartas vendrían barajadas de otra forma. Con tiempo para el trabajo, y con el liderazgo de un entrenador de probada jerarquía, referente del club y la ciudad, conocedor al detalle de la categoría, con la espalda suficiente para soportar hipotéticas tormentas y arquitecto de un grupo humano que destila armonía.
No obstante, las vicisitudes del fútbol, ámbito en el que no siempre impera la lógica, propiciaron un golpe de timón. Un barajar y dar de nuevo. Y, en este caso, una nueva “moneda al aire”, tal como ocurrió en ciclos previos como los de Ricchetti, Guillermo Pereyra, la dupla González-Barsottini y del propio Gastón Pernía.
El tiempo dictaminará si a Santamarina lo barato le salió caro.