"El producto sos vos": La radiografía de Esteban Sarabia sobre nuestra adicción invisible
En un mundo donde la atención es la moneda de cambio, Esteban Sarabia, referente del Clúster Tecnológico, plantea una mirada crítica sobre cómo las plataformas digitales moldean nuestra conducta y salud mental. A través del análisis del diseño persuasivo, la neurociencia del placer y el impacto en los vínculos familiares, esta crónica explora la necesidad urgente de pasar del automatismo a la conciencia. El bienestar digital no se trata de abandonar la tecnología, sino de recuperar la soberanía sobre nuestro tiempo y el valor fundamental de lo presencial en una era de gratificación instantánea.
El semáforo de la esquina de España y Santamarina, en el corazón de Tandil, marca 82 segundos de espera en rojo. Para cualquier ciudadano de hace dos décadas, ese tiempo era un espacio para observar el paisaje, ajustar el espejo o simplemente dejar vagar el pensamiento. Hoy, ese minuto es una eternidad insoportable. Como señala Esteban Sarabia, referente del Clúster Tecnológico, "la reacción automática es agarrar el teléfono y ponerse a responder WhatsApp". Esta escena cotidiana es el síntoma más visible de un fenómeno que nos atraviesa como sociedad: la incapacidad de habitar el presente sin la mediación de un estímulo digital.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSarabia advierte que no estamos ante un problema individual o local, sino ante un evento global que ha sincronizado al planeta de manera similar a una pandemia. Lo que sucede en París o Nueva York con respecto al uso problemático de las pantallas es lo mismo que ocurre en Tandil. Sin embargo, el foco de la preocupación ha virado. Ya no se trata solo del tiempo que pasamos frente a un monitor, sino de la arquitectura invisible que dicta qué vemos y cómo lo consumimos.
La arquitectura del anzuelo
La gratuidad de las grandes plataformas es, en realidad, un espejismo financiero. Sarabia es tajante al respecto: "Cuando algo es gratis, el producto sos vos". Las redes sociales no son herramientas pasivas; son entornos diseñados minuciosamente para capturar y retener la atención, que es su verdadera mercancía. Uno de los mecanismos más potentes de este diseño es el scroll infinito. "Vieron que no termina... tiene un problema, que es que estamos preparados para que las cosas empiecen y terminen, desde la vida hasta un libro. Este concepto de no terminar es naturalmente 'voy para abajo todo el tiempo'".
Este diseño no es accidental; busca generar lo que Sarabia define como un "comportamiento adictivo que todos tenemos". Al dejar siempre una previsualización de lo que sigue, las aplicaciones funcionan como un "anzuelo" constante para la curiosidad humana, impidiendo que el cerebro registre el final de una actividad y pase a la siguiente en el mundo físico.
La trampa de la dopamina
Detrás del dedo que se desliza por la pantalla hay una respuesta química potente. Sarabia explica que el placer que sentimos al ver un contenido que nos gusta no es casualidad, sino el resultado de disparos de dopamina, una segregación asociada al placer que nuestro cerebro utiliza para "cablearnos" hacia lo que nos hace sentir bien. El problema surge cuando este estímulo es artificial y constante.
"Vos te hacés adicto, no a Instagram, no a la pantalla. Vos te hacés adicto a la dopamina, al disparo constante de una segregación que se produce porque algo te da placer", advierte Sarabia. Esta sobreestimulación tiene consecuencias directas en la vida real. Nada en el mundo físico —que es más lento y requiere esfuerzo— puede competir con la gratificación instantánea de un algoritmo que predice exactamente lo que queremos ver. Esto deriva en "problemas de irritabilidad, incapacidad de frustrarte, incapacidad de tener paciencia".
El aula y el docente "lento"
Este formateo mental impacta con especial dureza en los adolescentes, cuyo cerebro aún está en desarrollo. Sarabia cita una observación inquietante en las escuelas: chicos que asisten a clase con auriculares puestos porque sienten que la velocidad del docente es insuficiente. "El contenido tradicional del docente es demasiado lento para la cabeza de un adolescente que ya está formateada" por la inmediatez de las redes.
En este contexto, se ha perdido un activo vital para el crecimiento: la capacidad de aburrirse. Para Sarabia, "aburrirse es fundamental en la vida". Antiguamente, el "zapping" televisivo nos obligaba a gestionar la frustración cuando no encontrábamos nada interesante. Hoy, la tecnología elimina esa fricción. Al no haber espacio para el aburrimiento, tampoco hay espacio para la introspección o la creatividad que surge del vacío. Los jóvenes desarrollan una "incapacidad de que las cosas no sean como ellos quieren".
El mito de la desconexión
Ante esta realidad, surge la pregunta de los padres: ¿debemos prohibir los dispositivos? Sarabia sugiere que la respuesta no es tan simple como un "sí" o un "no", y que esperar leyes que resuelvan el problema en el hogar es una forma de delegar la responsabilidad adulta. "No hace falta a vos como familia, como adulto, ponerte a hacer cosas en tu propia casa porque haya o no haya una ley".
Un temor común es que, al limitar el uso del teléfono, los hijos queden aislados socialmente. Sarabia reconoce que es imposible quitarles ese medio, ya que es parte de su vida, pero la clave está en la diversificación de sus vínculos. El riesgo es que la pantalla sea el 100% de su comunicación. "Lleva mucho trabajo darle la presencialidad", admite, relatando cómo muchas veces los padres, por comodidad, preferimos que un hijo haga un trabajo escolar por Zoom en lugar de tomarnos el tiempo de llevarlo a la casa de un amigo. Al evitar ese viaje, les quitamos la oportunidad de "verse cara a cara... y esa fricción, esa frustración... es una oportunidad central" para desarrollar habilidades sociales.
El mensaje más potente: "No nos escuchan, nos miran"
Quizás el punto más reflexivo de Sarabia es el rol de los adultos como modelos de conducta. En un mundo saturado de consejos, la acción pesa más que la palabra. "Enseñamos mucho más por la manera en la cual nuestros hijos nos ven actuar más que por las cosas que les decimos".
El ejemplo más crudo ocurre al final del día. Sarabia describe una escena frecuente: un padre que le da un beso de buenas noches a su hijo, apaga la luz, se da media vuelta y lo primero que hace es encender el celular para responder mensajes. "El mensaje que le estamos dando a nuestros hijos es: 'Es mucho más importante despedirme de las personas que están del otro lado de la pantalla que de vos que te tengo acá al lado'". Este gesto, más que cualquier grito, valida el uso problemático de la tecnología.
Hacia una conciencia digital
A pesar del panorama complejo, la perspectiva de Sarabia no es pesimista. Recuerda que, como sociedad, ya hemos superado otros desafíos de salud pública, como la implementación del cinturón de seguridad, el uso de cascos o la concientización sobre el tabaco y el alcohol. El primer paso es, precisamente, la preocupación y el debate.
"Llevar al plano consciente algunas decisiones que a veces las hacemos en el automatismo del día a día" es la meta. No se trata de demonizar las plataformas que nos permiten trabajar o estar cerca de familiares que viven lejos, sino de entender que, si no controlamos el uso, los impactos negativos son inevitables. La solución, según Sarabia, reside en generar espacios de divulgación y concientización para recuperar el equilibrio. En definitiva, el bienestar digital comienza cuando decidimos, aunque sea por un minuto en un semáforo de Tandil, que el mundo real es mucho más interesante que el que brilla detrás del cristal.