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De la pista a la montaña y de Tandil al mundo

Julián Peralta es uno de los principales exponentes de la historia del atletismo local. A los 13 años comenzó a desenvolverse en pruebas de velocidad y luego se volcó a las de aventura. Un viaje al detalle por la trayectoria del cinco veces mundialista y doble Movediza de plata.

Julián Peralta compartió sus recuerdos con El Eco de Tandil.

Rody Becchi

 

Por Fernando Izquierdo, de esta Redacción

fernandoizquierdo@hotmail.com

 

Julián Peralta fue uno de esos adolescentes que resignaron momentos irrecuperables, sacrificándose en pos de priorizar sus compromisos deportivos.

Con el tiempo, el atletismo se lo tributaría con creces abriéndole la puerta hacia una notable carrera de alcance internacional.

A los 9 años, este tandilense brindó el primer indicio acerca de sus notables aptitudes naturales para las pruebas de velocidad.

Tras unos años de desencanto, se metió de lleno en la competencia y dejó una huella indeleble en la historia del deporte local, redondeando una laureada trayectoria que primero abarcó las carreras en pista y, posteriormente, las competencias de aventura.

Hoy, con 43 años, Julián se alejó de la competencia, pero se mantiene al frente de grupos de entrenamientos, a los que nutre desde la experiencia acopiada a través de tantos años en la élite.

Acerca de ellos, Peralta dialogó a fondo con El Eco de Tandil:

“Siempre la escuela primaria era el espacio para detectar talentos. Mis inicios fueron con Estévez, un legendario entrenador de Tandil, y su señora. Los tuve en la Escuela 53. Ella nos hacía hacer mucho atletismo. Teníamos una placita enfrente, en la que practicábamos.

Me vieron que andaba bien y me propusieron anotarme en un torneo”.

-¿Dónde?

-En Quinta La Florida. Tenía 9 años. Antes de la carrera, me dieron algunos tips. Era una prueba de 600 metros, vuelta y media a una pista de 400. Largué fortísimo y la gente me decía que vaya más despacio, que a ese ritmo no iba a llegar. Me sentía bien y seguí, hasta que me encontré a punto de ganar la carrera. Mantuve el ritmo y gané, llegué cansadísimo. Terminé tan agotado que le dije a mi viejo: “Nunca más me traigas, no quiero correr más”.

-Y no cumpliste.

-No. Pero dejé unos años, hasta los doce. Me dediqué a jugar al fútbol y al básquet. En ese torneo, me vio Luis Medina, que al tiempo sería mi entrenador, él daba clases en la universidad. Cuando se encontraba con mi papá le insistía para que yo vuelva a correr. En esa época jugaba al fútbol en Gimnasia, lo hacía bastante bien y no quería saber más nada con el atletismo. A básquet iba con un amigo, Pablo Yavorsey, que también hacía atletismo y me quería convencer para que me sume. Había una chica que me gustaba y hacía atletismo, así que me decidí a volver. Entrenábamos en el campito que había atrás del club Independiente.

-¿Cuáles fueron tus primeros resultados?

-Todo en mi carrera fue vertiginoso en ese sentido. Empecé a entrenar en marzo y para mitad de año ya estaba corriendo un Provincial de cross, en el que salí segundo. Y, con ese resultado, participé en el Nacional. Me empezó a gustar la competencia y tuve que decidirme, no podía seguir haciendo tres deportes en simultáneo.

-Si bien la dedicación es indispensable, en tu caso hubo mucho de condiciones naturales.

-Creo que sí. Era bastante apto para las carreras de medio fondo. Fui avanzando hasta lograr mi primer campeonato sudamericano a los 16 años. Fue en juveniles, en Chile, en la prueba de 1.500 metros con obstáculos. Y en el transcurso de los tres años anteriores logré títulos provinciales y nacionales. Después, empecé a frecuentar el exterior y al año vivía seis meses en Europa y seis en Brasil. Me movía en bloque con tres amigos: Rafael Iturrioz, Leandro Simes y Gabriel López.

-¿Cuál fue el momento puntual en el que optaste por dedicarte de lleno al atletismo tomándolo como un medio de vida?

-No sé si hubo un momento exacto. Cuando andás bien en algún deporte, la dinámica te lleva a volcarte a pleno. Como en todo deporte federado, hay competencias provinciales, nacionales y sudamericanas, y tenés que ir logrando marcas. Eso te lleva a estar continuamente estimulado, pensando en cómo mejorar. Tuve la suerte de andar muy bien y de tener muy buenos entrenadores. Luis Medina, que fue el primero, y Alfredo Barreiro, con quien logré todo lo que logré, como ir a los Mundiales y demás. Eran buenos consejeros y tenían la capacidad de mantenerte siempre estimulado, lejos de la idea de “esto ya no me gusta”. También debo agradecer a los medios de comunicación que impulsaron mi carrera, en ese momento El Eco de Tandil y Nueva Era. Permitieron que yo, como Elisa Cobanea o Sebastián González Cabot, trascendamos a través de sus páginas. Siempre Rogelio Rotonda me dio una mano bárbara, con notas, apariciones en tapa y demás. Lo mismo que “Rody” Becchi con las fotos. Hoy es fácil, porque corrés y al rato está todo el detalle en Instagram, Facebook u otros sitios. Pero en ese momento, algunos se enteraban de los resultados recién cuando tomaban el diario. Y dependías de que el diario se interesase en lo que hacías.

-¿Cuál era tu distancia predilecta?

-Los 1.500 metros. Tomamos en equipo la decisión de que debía volcarme a ella. Los llegué a correr en 3’44”. Después, podía hacer buenas marcas en otras como 800 o 3.000, y meterme en la final de un campeonato. Pero en 1.500 siempre era campeón nacional y llegaba a los sudamericanos. Otra prueba que me quedaba bien era la de 3.000 con obstáculos, porque soy muy fuerte estructuralmente. Era muy veloz y pasaba muy bien las vallas.

-¿Qué te dejaron las experiencias mundialistas?

-Mi mejor desempeño lo tuve en Sudáfrica, en juveniles, a mediados de los ‘90. Fue un campeonato de cross, yo asistí en siete kilómetros. Había un brasileño y un norteamericano con quienes siempre nos sacábamos chispas. Pude ganarles y llegar como el mejor de América, y 22º en la general, detrás de los de siempre, keniatas, etíopes, marroquíes…. Tuve la suerte de recibir el premio de manos de Nelson Mandela, quien se lo otorgaba al mejor de cada continente. Después, participé en otros cuatro, en países como Hungría, Australia e Irlanda.

 

 

Un cambio sustancial

 

-¿Cómo gestionaste la transición de la pista a la aventura?

-A los 29 años me volví de Europa con una fisura por stress en el pie de la que no me podía recuperar. Le dije a mi amigo Antonio Silio, que me venía y que volvería al año siguiente, aunque por dentro ya tenía el deseo de afincarme otra vez en Argentina. En ese momento, Club de Corredores, con Sebastián Tagle, venía estableciendo en el país el circuito de carreras de aventura. Se asoció con Nike y lo desarrollaron. Eran carreras similares al cross, con un poco más de aventura, en lugares como Nordelta, algún casco de estancia o cancha de golf. No era correr en sierras como las de acá o de Córdoba, pero tenían su lado de aventura. Me llamó la atención el formato, fui a competir y gané. Después de que logré dos o tres triunfos, la gente de Nike me contactó y empezó a ser mi sponsor, estableciendo un vínculo comercial que duró hasta el final de mi carrera. Con Ramiro París y Leonardo Malgor fuimos algo así como “embajadores de la aventura”.

-También en esa modalidad llegaron rápido los buenos resultados.

-Sí, gané cuatro veces consecutivas el circuito Nike, en individuales sobre 21 kilómetros. Era un circuito que abarcaba Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Después, gané dos veces el Cruce de los Andes, una con Ramiro París y otro con Sebastián Tosti. También logré triunfos en Tandil en las pruebas organizadas por Merrell y Terma. Yo tenía la base de la pista, entonces contaba con cierto ritmo para correr.

-Entre todas las diferencias entre pista y aventura está lo psicológico. Las carreras de largo aliento, en terrenos hostiles, requieren de otra resistencia mental.

-Sí, totalmente. Yo soy partidario de que, sobre todo los adolescentes, no se vuelquen de lleno a la aventura, a pesar de que es un formato muy atractivo. Correr sólo en aventura te limita a ser siempre un fondista, no hay pruebas de cinco kilómetros. Así se desperdician atletas con talento para la pista. A mis alumnos les pido que primero incursionen en la pista, que exploten todo su potencial en velocidad, que es lo que primero se pierde. Para correr largas distancias tenés hasta los 70 años. Si sos buen corredor en pista, seguramente también lo serás en aventura.

-¿Todavía tenías resto para seguir compitiendo en pista?

-Sí, podía haberlo hecho algunos años más. Quizá, apuntando a 5.000 o 10.000 metros, a medida que pasa el tiempo perdés velocidad y ganás resistencia. Pero yo corría desde los 13 años, y la alta competencia es desgastante. Te hace privar de muchas cosas, hay días en que tenés ganas de comerte un buen asado y olvidarte de todo. Yo entrenaba los siete días, algunos de ellos en doble turno, tenía nutricionista, psicólogo deportivo… No pude ir al viaje de egresados, me perdí muchos bailes, fiestas…es un sacrificio considerable. Obviamente, hay también muchas cosas buenas, como conocer el mundo y gente de distintos lugares con la que hoy mantengo un vínculo.

 

 

El reconocimiento de la ciudad

 

-¿Te sentís valorado por la gente de Tandil?

-Sí. Siempre fui muy agradecido con mi ciudad. Y siempre anhelé vivir en ella. Podría haberme radicado en cualquier lugar del mundo y siempre elegí volver, amo Tandil. Y parte de ese amor que siento es porque la gente siempre reconoció mi carrera, mientras competía me lo hacía saber. Obviamente, al haberme retirado ya no aparezco tanto en los medios e incluso mucha gente ni conoce mi historia, con lo cual me he ido “diluyendo”. Pero cuando estaba activo me sentía muy reconocido, Tandil es una ciudad muy amable con su gente. Por contarte una anécdota, en la secundaria, en la escuela Nacional, el director Chiesa no me regalaba nada, pero me dio muchas oportunidades. Yo me la pasaba viajando, y con las faltas quedaba libre. Él me daba los libros para que estudie en mis viajes y, cuando yo volvía, él mismo me tomaba el examen en la dirección. Después, si me tenía que reprobar, lo hacía. Eso es valorable, el desarrollo tiene que ser paralelo, no podés ser solamente un deportista, tenés que tratar de ser también un profesional.

-¿En qué consiste tu actividad actual?

-Hace años, tengo grupos de entrenamiento de running. Con mi hermano (Emiliano), tenemos el complejo DAM, donde ofrecemos el entrenamiento de running combinado con tenis. Yo me encargo de la preparación física y él de la parte tenística. En las dos disciplinas tenemos grupos de competencia. También tengo un grupo de entrenamiento en Gardey, donde trabajo algunos días a la semana.

-¿No te tienta participar en alguna carrera de calle?

-Al haber competido durante tanto tiempo, tengo la costumbre de entrenar mucho y no participaría sin estar bien preparado. No me importa el puesto que pudiese lograr, sé que si me pongo bien puedo obtener un resultado positivo. La cuestión es que, para entrenar bien, necesito mucho tiempo y hoy no lo tengo. Y no me gusta hacerlo “a la bartola”.

-¿En el rol de entrenador disfrutás tanto como cuando competías?

-Más. En el alto rendimiento está sometido a un stress continuo. El reloj te marca todo el tiempo cómo vas y te exige permanentemente, eso te tensiona. Es algo con lo que convivís desde que sos competitivo hasta que te retirás. Igualmente, la aventura es más relajada en cuanto a eso. Solamente los que se proponen ganar van tan pendientes de los registros, de respetar un ritmo.

 

Tandilia

 

Si bien no se trataba de la distancia más adaptable a sus cualidades, en la ciudad siempre se manejó una alta expectativa respecto a un eventual triunfo de Peralta en Tandilia, prueba por excelencia del calendario local.

“En la ciudad siempre me asociaron a Tandilia, pero yo era más un corredor de pista. Para mí esa prueba era casi el final de la temporada, yo corría 1.500 metros en pista, a veces 3.000, era especialista en esas distancias. Los once kilómetros de Tandilia me resultaba mucho. Participaba igual, por ser mi ciudad, me gustaba que la gente me vea, el público de acá es muy fervoroso con esa carrera. Lo disfrutaba, más allá de la presión que me significaba. Una vez fui cuarto, mi mejor resultado”.

-¿Cómo ves la Tandilia actual?

-Se ha perdido un poco ese folclore competitivo. Siempre digo que hay que apostar un poco más a esa carrera. Ahora, que tengo grupos de entrenamiento, siempre trato de inculcarles a mis alumnos que corran Tandilia. Me gusta que la gente participe, es “la carrera del pueblo”, hace muchísimos años que se hace.

-¿Algún año alteraste la planificación de tu calendario para intentar ganar Tandilia?

-Nunca la tuve como una prioridad. La mía era andar bien en Europa, donde se vivía el atletismo más profesional. Yo quería eso y siempre lo tuve muy claro. A los 16 años me fui para allá por primera vez, en un viaje que yo mismo me propuse, planteándolo ante mis viejos, quienes me tuvieron que dar la Patria Potestad. Mi objetivo era correr los campeonatos europeos. Cuando volvía al país lo hacía con muchos kilómetros encima, venía más que nada a descansar, no a preparar Tandilia. Tampoco podía cambiar en poco tiempo mi forma de entrenar, pasar de los 1.500 a los 10.000. Eso necesita cierta planificación, incluso hasta de un año. Si bien soy muy competitivo y no me gusta perder a nada, tenía claro que mi objetivo no era salir primero en Tandilia.

-Te cuadraban mejor otras pruebas de calle, no tan extensas.

-Claro. La de la Universidad, por ejemplo, de siete kilómetros. Hasta esa distancia, me la bancaba, les competía de igual a igual a todos los que venían a Tandilia. De hecho, gané tres o cuatro veces esa carrera.

-¿De Tandilia padecías esos cuatro kilómetros extra o también las pendientes?

-“Me sobraba” ese tramo final, desde el kilómetro siete hasta el once. Sabía que, cuando terminaba de subir al Parque, para mí empezaba otra carrera, la de aguantar más que ir a buscar. Al Parque llegaba prendido con los de punta, pero después se me complicaba, yo conocía mis limitaciones. Si la hubiese preparado para ganar, quizá hubiese sido distinto.

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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