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En La Movediza 2 se amalgamaron las voluntades y con sacrificio, triunfaron los héroes anónimos de la pandemia

Una mujer asumió el rol de brindar apoyo escolar a 21 chicos, como si fueran sus propios hijos. Pasó a mano las tareas hasta altas horas de la madrugada por no tener computadora. Vecinos se unieron para pensar en el futuro y prosperidad de la comunidad, con el desarrollo de una huerta y el inminente logro de un merendero. El pensar en el prójimo, sabiendo que el futuro está en los jóvenes, en la educación y en el querer ser.

El Eco

La pandemia ha traído consigo una serie de inconvenientes muy difíciles de sortear, pero no imposibles si de voluntad y amor al prójimo se trata. Con esos valores tan genuinos, los vecinos del barrio La Movediza 2 se unieron en pos de la comunidad y, sobre todo, de los chicos y su futuro.

Las familias que habitan por Formosa, entre Azucena y Alvarado, y alrededores, lograron un combo perfecto de amor, sacrificio y solidaridad a lo largo del 2020, que en este nuevo año no solamente se extenderá sino que irá por más. Apoyo escolar, mejoramiento de viviendas, huerta comunitaria, comedor y, fundamentalmente, compañerismo, son sólo algunos de los logros.

Además, a ellos se unieron el párroco de Nuestra Señora del Carmen, padre Andrés Pérez; la catequista Susana Olaechea y Elena González Borda, que entre otras cosas coordina el grupo de misioneritos. De esta forma, forjaron un frente de fortaleza para dar pelea a cualquier pandemia, con la unidad como escudo.

La vecina del corazón de oro

Una de las protagonistas en esta historia es Paola Quero, que con una humildad muy notable en su personalidad, contó cómo fue que llegó a ponerse al frente de semejante desafío: el de brindar apoyo escolar en un contexto de clases virtuales, pero sin computadora.

Resulta que una vecina ya no podía seguir mandando a sus niños a la maestra particular que los ayudaba con las tareas que enviaban los docentes a través de internet o mediante los cuadernillos otorgados por el Gobierno nacional. Fue entonces cuando Paola se ofreció a recibirlos en su casa y acompañarlos en la escolaridad.

“Cuando me di cuenta, tenía 21 chicos”, dijo entre risas, orgullosa, a pesar de las horas de desvelo que pasó a lo largo del año para poder garantizarles el material. Es que ella no tiene computadora, ni impresora, y se quedaba hasta la madrugada transcribiendo a mano al papel las tareas que le enviaban a su celular. Eso para cada uno.

Ella misma se encargó de ponerse en contacto con las escuelas, a fin de que le hagan llegar las propuestas en las distintas materias. “Las maestras me integraron al grupo de familias de la Escuela del Cerro, hicimos videollamadas y logramos que los nenes que iban últimos se pongan al día”, relató.

Como su corazón es enorme, pero en la casa no entraban todos juntos, los dividió por grupos y horarios. “Fue difícil, yo fui aprendiendo a la par de ellos”, aseguró, mostrando que la voluntad supera cualquier obstáculo. En este sentido, resultaron indispensables los “tips” que le compartió Elena González Borda, que es docente. “Con lo que yo sé de mamá, les enseñaba como si hiciera la tarea con mis nenes”, dijo haciéndolo parecer tan simple.

“Para mí, lo más importante es que los chicos puedan aprender, estudiar y pensar en un futuro. Prefería tenerlos todo el día en casa a que anden por la calle”, aseveró.

Reconectarlos, sin materiales, pero con voluntad

Paola se ríe y comparte su relato mientras uno de los “alumnos” se le acerca, la abraza y se queda ahí como contenido, resguardado y seguro. Es que su apoyo significó mucho más que la escolaridad y el contenido de las materias, ella fue tiempo y dedicación en un momento de incertidumbre para todo el mundo.

Ella fue atención y ganas de resolver lo que el Estado no hizo, ya que sin computadoras, pero con su celular y wifi, logró que esos alumnos de entre primer y sexto grado transiten el año lectivo de la mejor manera.

En su casa se las ingeniaban para resolver las actividades con los materiales que tenían, porque no siempre contaban con los elementos necesarios y muchas veces escasearon los útiles. Eso tampoco impidió que siguieran adelante. “Los cuadernos que se entregaban a la Escuela no se devolvían, entonces a veces no teníamos y recurríamos a hojas ya usadas”, contó.

Allí jugó un rol elemental la llegada del padre Andrés, Susana y Elena al barrio, además de la solidaridad de una mujer que se ocupó de ir y venir en varias oportunidades, a pesar de la distancia, a la casa de informática donde trabaja su marido que se ofreció a imprimir los apuntes gratuitamente.

A lo largo de esos encuentros, Quero también les daba de comer algo, lo que tenía, lo que podía, porque a nadie le sobra nada. Aunque los mismos padres admitieron que “los malcriaba”, ya que cuando se cruzaba por la calle con los chicos le hacían pedidos y ella cumplía los deseos y, por ejemplo, los esperaba con tortas fritas.

La más grata noticia es que en diciembre la mayoría de estos estudiantes pudo entregar sus tareas, y ahora Paola seguirá trabajando con los que deben transitar la etapa compensatoria de febrero. Pero eso no será todo, ya que este espíritu, vuelvan o no las clases presenciales, llegó para quedarse y la “seño” lo garantizó. De hecho, fue un pedido de las propias maestras de la Escuela del Cerro, gracias al gran trabajo realizado.

Los ángeles de la unión

“No es que todo surgió con nosotros, sino que nos sumamos a un camino, a una propuesta de actividades que se venía haciendo con mucho sacrificio, a fuerza de pulmón”, relató Andrés.

Ya en varias oportunidades el párroco de Del Carmen había llegado a esa parte del barrio a llevar leña y otras cosas, a raíz de esas microvisitas se había propuesto en algún momento profundizar la gestión allí.

“El padre Andrés me invitó a comenzar una misión, el 27 de septiembre vinimos por primera vez al barrio y así comenzó todo”, contó Susana Olaechea, quien acompaña desde la catequesis, también junto a los 12 preadolescentes que forman el grupo de perseverancia de Misioneritos de la Virgen del Carmen.

Con la pandemia de por medio, los chicos no podían salir en equipo como en otras ocasiones, así que les enviaban videos y así compartían la idea. “La sorpresa fue que salieron adelante con todo, se unieron sus familias al proyecto y acá estamos”, dijo.

Elena, quien los coordina, explicó que el objetivo para el grupo era que sigan creciendo en la fe y consideraron que lo mejor era hacerlo a través del amor al prójimo, del servicio, de hacer algo. “Ponerlos a trabajar en valores, por el hermano y con las familias codo a codo”, sostuvo.

Como dijo el párroco, ellos se sumaron para colaborar y asistir, y eso fue posible gracias a la buena recepción de los vecinos, especialmente de Marisa Toledo, a quien la ayudaron con unos pequeños arreglos de su casa y ella los integró al barrio abriendo sus puertas para las reuniones.

Huerta comunitaria y comedor

“Este año fue imposible trabajar, vivo de la afinación, pero como pude compré los ladrillos e hice una pieza de material, me ayudaron con el piso y espero poder terminar la cocina”, rogó Marisa, que tiene tres hijos en edad escolar y avanzaron gracias a Paola.

Además, contó que han armado un “grupo re lindo” en el vecindario, pero que la llegada de Andrés Perez, Susana y Elena ha sido fundamental para consolidar esa unión. “Ellos son nuestros ángeles”, aseguró. Todos ahora están trabajando en un montón de pequeñas acciones y realizaron una celebración para el día de Reyes, por ejemplo.

La amalgama perfecta del grupo ha sido realmente importante desde el punto de vista comunitario, eso del amor por el otro, de pensarse como unidad y en satisfacer las necesidades de todos, los llevó a crear un comedor diario y una huerta.

Andrea Simón fue quien dio un espacio de su terreno para arrancar a trabajar con el movimiento de tierra y la siembra. Son pocas las variedades de verduras con las que cuentan al momento, pero la expectativa es enorme. Cebolla, acelga, rabanito y zapallo son en principio los alimentos que tendrán, y serán para distribuir entre todos, con la intención de poder proveer al merendero que está a punto de empezar.

El corazón de Paola Quero no tiene fin y pareciera que su casa tampoco, ya que será allí donde empezará a funcionar el comedor diario, que tendrá el objetivo de complementar para unas 16 familias lo que ya brindan desde “Corazones Movedizos”, que sí tiene posibilidad de alimentar a todo el barrio.

Ciudadanos, a sumar el granito de arena

El corazón, la voluntad, la fuerza y el sacrificio de todo este grupo de vecinos parece inacabable, sin embargo, la ayuda de la sociedad sumaría mucho para poder concretar cómodamente y más rápido los sueños.

Los tandilenses, que tanta solidaridad han demostrado en más de una oportunidad, pueden aportar con herramientas para la huerta o algún tanque para almacenar el agua, ya que allí siempre tienen problemas de escasez. Asimismo, serán bienvenidos utensillos, sillas, caballetes y algún tablón, porque Paola sólo tiene una mesa, y entre los estudiantes y el comedor será difícil distribuirla.

Por supuesto que todo lo que refiera a útiles escolares y alimentos será muy bien recibidos y, por qué no, alguna computadora con impresora para un mejor dinamismo de la enseñanza a los chicos.

Todo suma y todo sirve, así que los interesados en ser parte de estos proyectos pueden acercarse a la Parroquia del Carmen y de paso dejar que el padre Andrés les cuente más detalles de esta historia.

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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