2008
Días atrás, con mucho acierto afirmaba un comentarista en un diario porteño, que los hechos de estos últimos años debían llevar una referencia obligada, la sigla ?a.C? o la ?d.C?: antes del campo o después del campo. Un modo de mostrar cómo la confrontación entre el Gobierno y el mundo agropecuario caló hondo en la vida de los argentinos. Al punto que nos lleva a sintetizar que 2008, entre otras cosas, fue el año en que comenzó la debacle de poder y el repliegue de los Kirchner.
Es inevitable el impulso por averiguar en qué momento puntual comenzó el desplome de un Gobierno que sólo unos meses antes había sido electo con amplia mayoría.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEl punto de inflexión
En un preciso momento del año, un punto de inflexión marcó el paso por el cual el Gobierno argentino saltó de una situación prolongada de estabilidad y crecimiento en lo que hace a su aceptación popular e imagen positiva, a otra (cada vez más pronunciada), de debilidad y caída.
Para algunos, el ?voto no positivo? del vicepresidente Julio Cobos fue el inicio de esta adversidad letal a la que referimos. Sin embargo, un mínimo esfuerzo ayuda a recordar que el descontento generalizado hacia al Gobierno, por su forma de responder al reclamo agrario, había comenzado antes.
El cambio de esa tendencia de aceptación podría haber iniciado también aquella noche de julio, en la Cámara de Diputados, donde una ajustada votación logró media sanción para ratificar la Resolución 125, ocasión en la que ya un importante sector del bloque peronista, crítico de la situación generada, se opuso a las directivas del Poder Ejecutivo y votó en contra, dando a luz el germen de un bloque disidente que en noviembre abandonó al oficialismo.
Pero otra vez la memoria nos ayuda a recordar que aquel descontento comenzó aún antes de que ?la 125? llegara al Congreso. El instante de desencuentro más revelador fue un martes de marzo, cuando la clase media porteña salió a la calle a protestar con sus cacerolas frente a un altivo discurso presidencial que denunciaba ?los piquetes de la abundancia?. Ese momento y no otro mostró por vez primera un avanzado conglomerado de protestas entre sectores sociales diferentes, a quienes los unía el descontento: y que ante la falta de un ámbito donde formular sus reclamos, explotaba en las calles.
Una historia sin partido
Desde 2003, el matrimonio Kirchner construyó su poder debilitando los ya decadentes partidos políticos argentinos: inicialmente enfrentaron a su mismo partido de origen, el PJ. Más tarde, bajo el paraguas de ?la transversalidad? primero, y de la Concertación después, cooptaron cuadros y dirigentes de fuerzas opositoras, amortiguando su capacidad de acción. Luego dijeron regresar a ?normalizar? su partido, al que habían desafiado: volvieron y nombraron a su gente en la estructura tradicional.
En suma, se preocuparon por ahogar cualquier expresión política en el país que no se identificara con ellos. Recuérdense aquellos discursos de Néstor Kirchner, en los inicios de la primera gestión, cuando duramente cruzaba embates contra ?las corporaciones? y anunciaba su intención de desarticularlas. Entre ellas, la corporación política.
El intento de ahogo de los Kirchner hacia los partidos políticos desde 2003 tuvo un doble efecto negativo: para la sociedad, por un lado, aquellos ataques reprimieron el necesario crecimiento y fortalecimiento de éstos, esperable tras la implosión de 2001; por otro lado, para el Gobierno, su cruzada se les volvió en contra, tanto que hoy ante su propia debilidad, necesita del sustento de un partido sólido (esto es: eficiente, propositivo y plural), que ellos se preocuparon por no tener.
Durante el conflicto agropecuario, la protesta del campo no pudo ser contenida ni canalizada tratando de evitar poner en vilo a la sociedad argentina en general. Inevitablemente y con dolor, aquel desencuentro terminó extendiéndose a toda la órbita política argentina, en todos sus estamentos.
Por aquellos días, el PJ se cerró puertas adentro, obviando la escucha de los reclamos sociales. Mientras que su excesiva centralización hizo que se sintetizaran las responsabilidades de la guerra gaucha en dos o tres personas. Hoy, finalizada la protesta, el Gobierno necesita un partido fuerte que lo acompañe y sustente: pero su propio partido está vacío de autonomía y vida propia.
Dirigentes de la frustrada concertación, piqueteros y progresistas afines, lamentan que Kirchner se haya ?encerrado en el PJ?. Es hora de preguntarnos qué poder real tiene hoy el mismo PJ. Sencillamente, ninguno. Los miembros de Consejo Nacional, la más alta autoridad ejecutiva del partido del Gobierno, fueron puestos allí a dedo y con la misma lógica del kirchnerismo: o responden sin chistar al núcleo duro del poder, o son excluidos. El disenso, vedado.
La centralización y el apriete
Es un hecho que Kirchner cayó en una encerrona: su forma de actuar y sus discursos dan cuenta clara de ello. Pero Kirchner no se cerró al PJ, sino a su aquel primer círculo de recaudadores, digitadores de la obra pública, y repartidores de beneficios estatales: sus ?agentes de apriete?, imprescindibles para su concepción de poder.
Desde la obra pública que discrecionalmente maneja Julio De Vido, pasando por la artimaña de los transportes que hace Ricardo Jaime, hasta el trastoque del polémico Guillermo Moreno a las reglas de comercio. Ni hablar del burdo patoterismo de ejemplares como Luis D?Elía, que llegaron al culmen de irrumpir el espacio público para intimar otras manifestaciones autónomas. Como aquella noche de las cacerolas, en la que D?Elía con su gente, ?ocupó? la Plaza de Mayo.
Hoy la 125 no existe; el campo ya no logra movilizar como en el otoño: pero la huella que el conflicto dejó es indeleble. Mientras oímos una catarata de anuncios faraónicos que caen como lluvia al mar, vemos que aunque cambie o no cambie el calendario, no hay dudas de que una nueva época ya comenzó.
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