A 35 años de la masacre que enlutó el regreso de Perón
Esa matanza, según se desprende de distintas investigaciones, fue organizada por fuerzas de ultraderecha que no sólo pretendían desestabilizar al presidente Héctor Cámpora, sino que se proponían desplazar definitivamente a los grupos de izquierda del escenario peronista y lograr el aval político del propio Perón.
Ese hecho histórico además de haber materializado el antagonismo entre las facciones internas del movimiento es considerado como punto de partida de una operación sistemática y sostenida de represión en la Argentina. El 20 de junio de 1973 una multitud se movilizó hacia el aeropuerto internacional de Ezeiza a esperar el retorno definitivo de su líder luego de casi dos décadas de proscripción, sin saber que iban a quedar atrapados en una emboscada.
Ambos sectores del peronismo estaban concentrados en apropiarse del palco montado en el cruce de la autopista Riccheri y la ruta 205: la ubicación de las facciones representaría -tanto para los manifestantes como para Perón- una demostración clara de quién ejercía el poder dentro del movimiento. Desde el día anterior, fuerzas parapoliciales se habían parapetado cerca del escenario principal para impedir que se aproximaran las filas de la izquierda, que había levantado la consigna “Vamos a Ezeiza, vamos compañeros, a recibir a un viejo montonero”.
La llegada de Perón estaba prevista para las 16.30, pero dos horas antes el clima comenzó a enrarecerse cuando columnas de izquierda -Juventud Peronista (JP), Juventud Trabajadora Peronista (JTP), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, entre otras- comenzaron a aproximarse al palco. Inmediatamente, los grupos de choque de derecha abrieron el fuego bajo las órdenes del teniente coronel Jorge Osinde, un militar cercano a José López Rega, el secretario privado de Perón que tejió desde España la estrategia.
Desde el palco y a la vista de todos, los civiles descerrajaban armas largas y ametralladoras, ante la mirada estupefacta del actor y director de cine Leonardo Favio, encargado de presidir la ceremonia de bienvenida.
Algunos historiadores sostuvieron que las organizaciones de izquierda respondieron también a los disparos, pero distintos referentes de esos grupos, como el hoy diputado Miguel Bonasso, negaron que hayan ido armados al acto. Mientras tanto, cientos de miles de personas debían permanecer cuerpo a tierra -sin entender qué estaba pasando- para evitar los disparos.
El enfrentamiento armado se reavivó más intensamente a las 17:00, cuando se supo que el avión del líder justicialista había aterrizado en la base naval de El Palomar, en el partido bonaerense de Morón. Una hora después, el tiroteo cesó definitivamente y la gente que había ido a recibir a Perón fue retirándose del lugar con total desconcierto y angustia. Quienes analizaron el hecho posteriormente coinciden en afirmar que se trató de una emboscada organizada por la derecha peronista, que no sólo estaba preparada para matar sino que también montó en el Hotel Internacional de Ezeiza un centro de detención irregular y tortura. Nunca se pudo saber la cantidad exacta de víctimas: no existieron boletines oficiales y el número varía según las investigaciones periodísticas.
Se sabe que hubo al menos una treintena de muertos y unos 350 heridos, además de un número incierto de desaparecidos y de torturados. El conflicto interno del peronismo había alcanzado niveles de intensidad desconocidos: la dimensión de la “Masacre de Ezeiza” fue clave en la disputa entre la derecha y la izquierda por hegemonizar la política del tercer gobierno peronista.
Al día siguiente, las facciones que habían coreado “vamos a hacer la patria peronista, pero la haremos montonera y socialista” fueron claramente impugnadas por el general Perón, quien atacó públicamente a los “infiltrados” de la izquierda. “Los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro movimiento o tomar el poder que el pueblo ha reconquistado, se equivocan”, advirtió el líder justicialista y agregó: “los peronistas debemos retomar la conducción de nuestro movimiento”.
Veintidós días después se produjo la inevitable renuncia de Héctor Cámpora a la presidencia y en su lugar se nombró en forma provisional a Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados y yerno del hombre sindicado entre los principales responsables de la “Masacre de Ezeiza”: José López Rega. De esa forma, la derecha peronista logró controlar el poder, posicionarse dentro del movimiento y legitimar la represión de los grupos más revolucionarios. El mandato de Perón, quién ganó por el 62 por ciento de los votos en las elecciones del 23 de septiembre de ese año, terminó con su muerte, el 1 de julio de 1974.
Luego, con la sucesión del mandato a cargo de su viuda, María Estela Martínez, y el inicio de acciones de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) comandada por López Rega, se abrió uno de los períodos más sangrientos y dolorosos de la historia argentina.
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