A las 8 llega Goyo… Por Marcos Vistalli
Todo el pueblo lo está esperando a este muchacho que nació en San Juan y que asegura que la primera vez que durmió sobre un colchón fue cuando se lo mandó Eva Perón. Desde hace unos diez años se ha radicado en Azul, con Avenamar -que peleaba de amateur en Tandil con el seudónimo ?El Forastero?-, uno de sus dieciséis hermanos. Suerte que lo conocen, porque para el distraído ese boxeador no podía ser otra cosa que un modelo publicitario o un actor de cine. Jamás llegó al gimnasio vestido de otra forma que no fuera de impecable sport o traje, en uno de esos autos último modelo -los más caros de aquella época- dejando como huella el aroma del exquisito perfume francés.
Todo un pueblo está esperando al boxeador, su mujer Mimi Canavello y su hijo Andresito. Dicen en Azul -que ese mes cumple 111 años- que Goyo es el mismo de siempre. No ha cambiado en nada de cuando peleaba contra la miseria, a estos tiempos en los que anda con los bolsillos repletos. Porque aseguran que ?es así?, y lo seguirá siendo aunque llegue a campeón del mundo o millonario. Y lo dice el almacenero, el carnicero, la empleada de la tienda, el intendente y quien se le cruce.
Azul tiene su ídolo, y piensa que jamás ese muchacho que se viste bien, que tiene buenas maneras, que se para en las esquinas a hablar con las muchachas, con los estudiantes, con los pibes, va a dejar esa ciudad.
El carrito con altavoces recorre una y mil veces las mismas calles anunciando incansablemente la misma letanía -la que llevan también impresa los carteles que inundan las paredes de la ciudad-: ?A las ocho llega Goyo?.
Su historia comienza en Defensores de Barracas, cuando Goyo abandonó la marina para ser boxeador y Gregorio Maringola, junto a Alfredo Vena y Julián Lescano, le enseñó las primeras rutinas. De tanto ganar, Azul le quedó chico. Se fue para Buenos Aires, al mítico Luna Park y fue campeón argentino y sudamericano de los pesados. Y también empezó a quedarle chica América del Sur. Un vuelo de aventura lo dejó en la Meca del Boxeo. Wayne Thortone cayó bajo su técnica, luego el campeón del mundo de los medio pesados Willie Pastrano, en pelea en la que el norteamericano no se jugaba el cinturón. Y vuelve a Azul casi campeón. Por eso hay casi tres mil personas en la esquina de Mitre y Burgos, donde llega en un micro de El Cóndor a las 8 de la noche de ese 27 de noviembre de 1963.
Azul está conmovida, hay chicos, hay mujeres, gente que jamás vio boxeo pero que está en las esquinas aguardando el paso de ese muchacho ?que es muy simpático y ni parece boxeador? -afirma una señora.
Aparece el colectivo por el fondo de la avenida, hay que esquivar a la multitud que se agolpa sobre las calles. Goyo se asoma por la ventanilla y saluda con una sonrisa amplia pero tímida. No desciende, lo arrancan de la portezuela y lo trasladan hasta una pick up. Apenas pudo saludar a su madre, para más tarde quedará el rencuentro con su mujer y su hijo. Ya no decide más. No es más dueño de sí. Es de todos los que lo abrazan y lo estrujan. En el camino logra tirarse de la pick up para saludar al doctor. Florindo Luis Zandoná, el de la pipa eterna, el que lo curó de una seria afección a los pulmones que casi lo hace dejar el boxeo. Después?va donde lo llevan, esos azuleños que han salido de una rutina mortecina para expresarle su admiración al que le ganó al campeón del mundo. ¡A las ocho llegó Goyo!
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