A mí la lluvia…
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Los hermanos menores de los amigos o compañeros de escuela van a ser siempre chicos.
Hombres ya, tipos grandes, con los que uno se cruza por la calle y les dispensa uno de esos saludos paternalistas, como acariciándoles la cabeza de cuando éramos chicos. El tipo tiene apenas uno o dos años menos, pero no importa, seguirá siendo el hermano más chico del amigo. Por ende, un chico para toda la eternidad.
Ayer a la mañana me crucé con Fernando, el hermano menor de Marcelo, un viejo compañero de la primaria.
Fernando tiene, además de esta condición, el mismo rostro de cuando tenía seis o siete años. Se lo ve y no es necesario hacer un esfuerzo mental para descubrir los rasgos de aquel pibe; sigue siendo aquel pibe.
Ayer me lo crucé por la calle. El iba en auto, en el asiento del acompañante y bajó la ventanilla para gritarme:
-Marquitos, mañana escribite algo sobre esto…
Asomaba la cabeza a medida que el auto avanzaba y desde mi punto de vista seguía siendo el chiquilín que en los recreos del colegio se venía con nosotros, los grandes, a meterse en conversaciones ajenas. Hasta que Marcelo le pegaba un empujón y le decía `tomátela de acá porque te mato…`.
-¿De qué querés que escriba?, le pregunté, ya a la distancia.
-De esto, de la lluvia… y con medio cuerpo afuera de la ventanilla señalaba el cielo, el aire, el mundo.
Son las siete de la tarde y estoy pensando en el asunto desde el mediodía. Siete horas durante las cuales no ha parado de llover y no se me ha ocurrido ni una sola idea al respecto.
O sí. Pero nada que escape al malhumor. Porque hoy, últimamente bah, la lluvia me pone de malhumor. Y estoy seguro de que este sentimiento forma parte de un conjunto de regresiones, que me retrotraen a lo más entrañable de mi infancia.
Porque cuando era chico la lluvia era una excusa ideal para faltar a la escuela y seguir durmiendo. Se sabe: mojarse, enfermarse y todas esas cosas (hasta morir si fuera necesario) que no había manera de hacer entender en casa. De manera que igual iba a la escuela. Malhumorado.
Hubo una época, en la primera juventud, en que la lluvia fue inspiradora de poemas y rebeldías y uno andaba por la vida empapado, creyéndose Walt Whitman, sin paraguas ni piloto.
Y acá estamos otra vez, parados en ese punto donde cualquier excusa sirve para quedarse en casa y hacer lo que a uno mejor le sale: nada. Sobre todo, si llueve.
Porque despertarse y escuchar el sonido del agua repicando en las chapas del techo es sentir un mandato genético, un orden ancestral, un llamado inequívoco de la naturaleza: darse vuelta, taparse hasta mitad de las orejas y seguir durmiendo, más allá del mediodía.
Para colmo, ahora no hay padres a quien pedirles por favor y echarles la culpa ante la negativa. Está uno solo y su conciencia: el trabajo, los trámites, las reuniones impostergables. Llueve o truene.
En eso estaba ayer a la mañana (esquivando charcos y baldosas flojas, mojándome, insultando a los tipos en auto que te pasan por arriba y a las viejas que te ensartan el paraguas en el ojo, a los jóvenes lánguidos, melancólicos y poéticos) cuando como venido de otra época aparece Fernando, la misma cara de cuando era Fernandito, a pedirme que escriba algo sobre la lluvia.
Acá estoy, todavía esperando que pare, pero con la íntima convicción de que mañana va a amanecer con sol. Y si por un casual sigue lloviendo, es muy probable que me tape hasta las orejas y siga durmiendo.
Porque, ya se sabe, uno se moja, se enferma y posiblemente se muera. O lo que es peor, se aluna.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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