A nosotros qué nos importa…
No quiero escribir una sola cosa de más. En lo posible, me gustaría escribir de menos; que me falten palabras, que queden espacios en blanco como islas, incluso a riesgo de que el lector se vea en el esfuerzo de encontrar la preposición que falta, un sustantivo, un adjetivo calificativo obviado, olvidado.
Porque hoy, lo que importa es otra cosa.
Dicen que quien no conoce Haití no conoce la pobreza.
Me quedó una frase como una imagen, de Federico Bertoldi, un joven radiólogo al que hace algunos años le hice un reportaje cuando regresó de su misión de paz en aquel país.
Me dijo que una tarde, sentado bajo uno de los pocos árboles ?sobre una de las pocas sombras- del suelo de Puerto Príncipe vio una rata persiguiendo a un gato. Se lo quería comer.
Esa es una buena imagen de la pobreza. Porque significa el orden subvertido de las cosas; lo que no tiene que ser. Es todo lo contrario. No creo que lo contrario de la pobreza sea la abundancia, ni siquiera la riqueza. Sé que la pobreza es lo que no debe ser.
Yo no vi esa pobreza de Haití, es cierto. Desde arriba de una autopista intuí la miseria agazapada en los laberintos de las villas de Buenos Aires; una tardecita me perdí en una villa miseria de Mar del Plata y por sobre el miedo vi otras cosas; he caminado muchas veces las calles de barro de nuestra Villa Aguirre. He visto los dedos de los pies asomando de zapatillas chicas, las uñas con tierra, los moquitos colgando, los ojos negros de mirar en blanco. He sentido el hambre alrededor, como un lobo al acecho, huérfano y peligroso. Como una rata enorme de dientes afilados.
Tampoco vi tanta muerte, es cierto. Sé de las muertes propias, de las que duelen como miles, como todas las muertes juntas.
Mi trabajo, a veces, me ha puesto en lugares donde no he querido estar; junto a cuerpos deshechos, confundidos con otros cuerpos. Siempre he tratado de mirar para otro lado. No para desentenderme del asunto: me resulta impúdica la muerte. Me siento obsceno ante los pies descalzados por el golpe certero, ante los párpados abiertos de no creer la fatalidad inminente, ante las mutilaciones y las grotescas figuras de miembros dislocados.
Conozco la muerte, pero a cuentagotas. Y prefiero no mirarla.
Menos aún quiero ver la muerte de a miles en Haití. No quiero mirar las imágenes de la CNN ni las fotos ni las mil palabras que dicen vale una imagen. No quiero desentenderme. Tampoco. Me duele tanto que no quiero ver.
-A nosotros qué nos importa Honduras, dijo Mirtha. O fue Susana o Marcelo, cuando el golpe de estado. ¿Será que la distancia supone indiferencia? ¿A partir de qué mojón comienza el desprecio por la injusticia y el dolor ajeno? ¿A 100 kilómetros me importa mucho, a 500 me importa poco, a 1000 no me importa, a 5000 qué me importa…?
Yo no soy el nosotros de Mirtha ni de Susana ni de Marcelo. A mí y a otros cuantos nosotros como nosotros, nos importa. Nos duele.
Nos duele la muerte arbitraria y atolondrada. Más aún si se ensaña con los más castigados. Qué promesa de una vida mejor atempera el azote al hambriento, el golpe al desvalido, la cachetada al desamparado. A qué viene tanta ferocidad. Por qué tanta furia sanguinaria de la naturaleza. Qué mal ha hecho esta pobre gente…
No hay Sodoma, no hay Gomorra, siquiera. Digo, como si algo justificara lo injustificable.
A mí sí me importa Haití. Como Villa Aguirre, como la 31 de Retiro, como los marginados de Mar del Plata o de Jujuy.
Por eso este relato de domingo, que a veces habla de amores contrariados, de calles de infancia, de personajes entrañables, quiere ser lo más corto posible. No vaya a ser cosa que una sola palabra de más nos aparte de lo que verdaderamente importa.
Hoy importa Haití. El resto es, casi, una pavada.
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