A partir de mañana
Estimada Cristina, estimado Daniel, estimado Miguel:
Antes que nada, felicitaciones. Disfruten de este momento, que no es cosa de todos los días.
¡Qué alegría les dimos ayer, ¿no?! Digo les dimos porque ahí estamos todos: los que los votamos y los que no los votamos.
Los primeros, obviamente, porque cimentaron esta cantidad de votos que formará parte de las mejores estadísticas. No se gana con más del 50 por ciento así porque sí. Seguramente, dentro de algunos años nosotros nos habremos olvidado de estos números, pero ustedes lo recordarán para siempre. La historia también.
Y los que no los votamos también colaboramos en el asunto. Primero porque fuimos a votar, aceptamos las reglas del juego aún sabiendo que el resultado estaba puesto. Y también, aunque sin proponérnoslo, hemos desperdigado bastante nuestra oposición, de manera tal que no hicimos más que agrandar las diferencias a su favor. En contra, pero a favor de ustedes.
No seré yo quien les diga que la profesión que eligieron no siempre es grata. ¡Cuántas veces les habrá tocado estar del otro lado de la moneda! ¡Cuántas veces habrán perdido!
Por eso, hoy disfruten. Mañana. Es más, si quieren seguir con la alegría, sigan. El hombre y la mujer que están contentos trabajan mejor.
Les decía que su vocación es ingrata. Tanto, que a cambio de esta alegría que les dimos ayer, les pedimos (y si bien esta carta la firmo yo, estoy seguro de que somos unos cuantos), que nos hagan felices.
Ya sé que la ecuación es despareja: la alegría que hoy sienten, aunque concreta, es efímera, en tanto que la felicidad que les pido, además de compleja, es perdurable.
Sé que los tres están en eso, trabajan para eso. A algunos les sale bien, a veces, a otros no tan bien, a veces también. El punto es que no se olviden. Me dirán que hay que estar ahí para ver que no es tan fácil. Me imagino. Pero insisto: ustedes eligieron esta vocación ingrata. Y nosotros los elegimos a ustedes. ¡Y cómo!
La felicidad que les pido, que les pedimos, es colectiva. Con lo cual la cuestión parece complicarse aún más, ya que hablamos de dos conceptos bastante abstractos: la felicidad y lo colectivo.
Hay una idea surgida allá por los sesenta en el campo del diseño gráfico. "Lo primero es lo primero", planteaba.
Habrá que empezar entonces por los más infelices. Ahí andan por nuestra ciudad, por nuestra provincia, por nuestro país cientos, miles de desdichados. A por ellos, que son la urgencia.
Los marginados, los pobres, los enfermos, los chicos, los ancianos, las mujeres, los sin techo, los indefensos, los que esperan, los que desesperan. Y sigue la lista; fíjense bien que en algún cajón del escritorio la deben tener.
Preocúpense y ocúpense. Porque buena parte de esta alegría que hoy disfrutan, también se la deben a ellos, que son unos cuantos. Procuren su felicidad a cambio de este júbilo.
Y si algo tienen en común la felicidad y la infelicidad es que son contagiosas. Quién puede ser del todo feliz si alguien sufre a su lado. Quién no hace un poco propia la felicidad de su vecino.
Habrá quien no lo entienda. Quien priorice otros aspectos, que haga otras ecuaciones, que saque otras cuentas. Que se quiera salvar solo. Está en ustedes persuadirlos.
Está en ustedes comenzar a devolver esta alegría. No digo hoy, que es momento de festejo. Digo a partir de mañana.
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